Cenizas

Lo peor son los recuerdos que llegan en los momentos menos esperados, como cuando apago las luces y pongo la música que uso para tratar de dormir. Esos pensamientos intrusivos, que anticipan otra noche en vela.

Esta vez tocó una de nuestras últimas conversaciones, el día que te internaron cuando te ibas a hacer un estudio de rutina y antes de que empezaras a delirar por la hipoxia.

Todavía no te habían puesto esa especie de casco que te tenía que ayudar a respirar, ese eslabón intermedio entre la mascarilla y el respirador, podías hablarnos. Tenían que admitirte en este nuevo hospital y, a diferencia de la anterior internación, no podías quedarte con ningún objeto personal. Mal augurio.

Nos dijiste que tenías miedo, que no querías quedarte en ese hospital pese a que era el mejor, mil veces mejor que el anterior en el que habías estado, y le pediste al enfermero que te dejara quedarte con alguna de tus alhajas puestas, porque quedarte desnuda, sin nada, era como morirte.
Los ruegos fueron en vano y me ocupé de sacarte todos los aros, los anillos, las pulseras y las cadenas, casi como un ritual.

Puedo escuchar ahora en la oscuridad tus palabras, tus ruegos con voz infantil, tus quejas cuando no podía sacarte algo y tenía que tironear levemente de tus orejas. ¿Cómo podías cargar tanto peso encima?

No sé dónde quedaron esas cosas, pero meses después, cuando pudimos hablar de nuevo, te mentí y te dije que estaba todo guardado en casa.

Debería preguntarle a Papá, pero hace días que no le hablo. Lo último que hice fue mandarle un mensaje pidiéndole que deje de tocar tus cosas, que era lo único que le hice prometerme y que, como siempre, no cumplió.

Es que el otro día, cuando lo llamé para ver cómo estaba, me contó que estaba contento porque pudo desbloquear tu teléfono e instalar su whatsapp, pero que no iba a borrar nada, sólo eso. Le pregunté si entendía que con eso había borrado todo rastro de tus conversaciones y se quedó mudo.

Lloré varias horas, tres o cuatro, envuelto en una frazada e ignorando mensajes del trabajo. Se sintió como si te hubieras muerto de nuevo, pedazos tuyos que siguen desapareciendo.

El día que te cremamos, como vos pediste, me fui de tu casa con dos fotos tuyas, tu DNI viejo y tu perfume, para no volver más. La pandemia y el aislamiento obligatorio me ayudaron a no tener que volver a enfrentarme a tus cosas, que ya bastante tuve que revolver para los trámites del sepelio. Hace cuatro meses que tus cenizas siguen en la casa fúnebre.

Todo contribuye a esta sensación de que el tiempo está parado, aunque no, sigue su curso. Pero en algún momento voy a tener que salir de esta estasis y enfrentarme a todo lo que tengo pendiente.

El aislamiento se va a terminar y voy a tener que empezar. Ir a tu casa, decidir qué hacer con tus cosas, ver dónde guardo papá lo que tenías puesto.
Hablar con la familia y llevar las cenizas al mar, para poder dejarlas donde estuvieron las de tu mamá.
Y empezar a hacer de verdad algo con el vacío, el del medio del pecho, el que me deja sin aire en los momentos menos esperados.

No, mejor no. Mejor que esto nunca acabe – prefiero la privación de todo antes que la tarea titánica de tener que seguir despojándome de vos.

 

año quebrado

¿Hasta qué edad voy a poder vestirme como quiero? Se lo pregunté muchas veces a mi analista (la anterior, claro) y siempre me respondió lo mismo “Hasta cuando quieras”.

Deseo encontrar el color de mi piel, deseo encontrar mi forma natural. Con el tiempo me he dado cuenta que aún no encuentro ni invento bien quién soy.

Pisando los treinta y no vivo en el departamento de Alaska y Mario, con el empapelado de Elvis y la el terciopelo por doquier. Tampoco soy esa moderna que me gustaba en las fiestas de Sick, supongo que ahora todo mi mobiliario debería ser CAT.

¿Llegaré a vieja como Walter Mercado? Probablemente una Aschira, ouna Lily Sullos si consigo con quien hacer un pacto homicida-suicida.

El otro día un pelotudo me dio a entender hace unos días que había una falta de sofisticación en mis consumos. Justamente, no va por ahí. Pero cómo me gustan los pelotudos.

No voy a repetir a Bourdieu, las ideas se me mezclan en la cabeza, voy a culpar a las pastillas por el ruido. La verdad es que no me acuerdo de la mitad de las cosas que hago en la semana.

Querer al mismo tiempo que toda la casa sea amarilla y roja, con toques de leopardo, y comprar las macetas que te vende la pareja de trolos que vive en Los Andes. ¿Cómo no tener ese departamento si un mantel de arpillera te lo tiran por la cabeza en 7 lucas?

¿Qué es lo aspiracional en mi generación? Mátome antes de ser un catálogo de Falabella. Y sin embargo, la melamina y el estilo “nórdico” que permite el bolsillo.

Para tener mal gusto hay que tener muy buen gusto, parafraseando a Waters. ¿Sigo por ahí o me corto la taza con las tijeras de cocina y uso esos pantalones raros que compré en otro de mis impulsos?

Quien pudiera existir sólo en concepto. Me desperté otra vez en un estado de perfección similar al de los ángeles, pero a los de la Biblia, los que son circulares y tienen muchos ojos. Son horribles – me encantan.

 

Mirarnos, sonreír y empezar.

Murió Rosario Bléfari. Hace unos meses, en el medio de mi compulsión (aún presente, latente, al ataque) por saber cuánto tiempo promedio de vida le quedaba a cualquier persona que se me cruzara por la cabeza, busqué su edad y me sorprendió. Es que para mí era un sinónimo de nuestra adolescencia, y cuesta entender que no crecemos sólo nosotros, sino también quiénes nos acompañan.

Lo primera vez que me cayó esa ficha fue con mis padres.

En mi imaginario, el tiempo pasaba sólo para mí, el que se hacía independiente y vivía la vida de un adulto más. Pero ellos seguían siendo los de siempre, preservados en ámbar, invencibles pese a todos sus defectos.
Hasta que un día, los vi con detenimiento y los encontré… ajados, como los libros del Parque Rivadavia. El resto es Historia, y vos bien la sabés.

Volviendo a lo nuestro, se murió Rosario Bléfari. ¿Recordás que al principio la escuchábamos en broma, porque la escuchaba el amigo, del amigo de un amigo, ese que era un poco pretencioso? Tengo grabada la escena en la que te ponés a recitar, burlona y con cara de obsesa, esa parte de “Reservado” que dice “Tengo ganas de mostrarte mis rincones favoritos, prestarte películas y libros, que te pruebes mi ropa y me cuentes vida y obra“.

A mí me gustaba mucho poner esa canción a la noche y llorar, llorar sin parar. Después la olvidé, por un tiempo, hasta que me rompieron el corazón y la puse en mi playlist de canciones tristes que llamo “Blue”. Sigo llorando cada vez que empieza.

Creo que nunca escuchaste el disco que grabó con Dani Umpi y que te pasé varias veces. La verdad es que no me acuerdo, sé que volvimos a hablar de este mundo los últimos años, pero dejaste de usar last.fm hace tiempo.

Muchas veces surgió la conversación entre nosotros de “No sé que voy a hacer cuando X se muera”. Yo muchas veces nombré a Emily Haines o a Alaska, mis formadoras. Creo que a vos un poquito te pasó, violaciones del rock aparte, con Bowie, o al menos con ese Bowie de Laberinto, del reloj que llevabas en el brazo.

Cada vez que un referente de la cultura muere, de la cultura que le importa, de la que consume, Alaska hace un posteo y lo llama “mi mundo en desaparición”.

Y esta vez no le tocó a la que le prendo velas, sino a alguien más tangencial, como Rosario Bléfari. Pero con ella también Qué Out hablando de Suárez, nuestras madrugadas hablando de música, los blogs indies y todos los chicos cool con los que nos pasábamos canciones.

¿Cómo se siente darse cuenta de que vivir es entonces que tu mundo esté en un proceso de desaparción? Desgarrador. Y con él, otra parte tuya que se va y que sólo queda dentro de mi cabeza, difuminándose de a poquito, como una foto vieja.