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¿Hay vida en la red después de la muerte?

Una búsqueda rápida de Google devuelve sitios que informan qué opciones de cuentas in memoriam tienen las plataformas más usadas, e incluso algunos que ayudan a planear un testamento digital, la letra fina para indicarle a los que te sobrevivan qué hacer con tu información. Parece ridículo. 

Los familiares de los fallecidos pueden, en caso de no conocer las contraseñas, enviar documentación a Facebook e Instagram y convertir los perfiles de los muertos en santuarios. Nadie puede acceder al contenido privado, pero sí dejar comentarios, saludos en natalicios o aniversarios de ese desafortunado accidente. También pueden optar por cerrarlas, borrando otra de las huellas que dejó ese ser amado, quizás la más permanente de todas. 

Mentiría si dijera que no pienso en mi hermana o en mi madre todos los días, aunque sea un poco. Pero hay pequeños momentos de felicidad en los que su ausencia se siente menos, casi como el ruido ambiente que emite una televisión cuando tiene el volumen en cero. 

Pero las pérdidas y el duelo te asaltan en los momentos menos pensados, como cuando te movés como loco por la lista de contactos del celular para hacer una llamada y los ves todavía ahí, con un número con el que ahora vive otra persona, porque no fuiste capaz de conservar la línea para que no te lo roben. 

O cuando revisás la lista de las personas que seguís en Instagram y aparece, de repente, un usuario con una foto. La irrupción de lo abyecto, el regreso de la muerte. No en la forma de un encefalograma plano, sino de un cadáver en avanzado estado de descomposición. 

Es un asalto de recuerdos que tienen sustento material – podemos ver los comentarios, las fotos de atardeceres, las selfies borrosas por no saber usar el teléfono. 

Esas cuentas están al acecho, preparadas para hacernos recordar eso a lo que nos encantaría poder hacerle caso omiso durante más minutos al día. 

¿Pero qué vamos a hacer? ¿Mandar una foto del certificado de defunción a Facebook para que la conviertan en un mausoleo? No soluciona nada, el peligro está latente. ¿Pedir que la cierren? Sería entrometerse en el duelo de muchas otras personas, no puedo evitar sentir que es algo sumamente egoísta. 

Queda entonces una opción – dejar de seguir, eliminar amistad, bloquear, borrar del celular, cortar el cable submarino que transmite internet, bombardear la nube, matar los protocolos, hacer inaccesibles las cuentas. 

Jamás podría, se sentiría como una segunda muerte, una pérdida más. Entrometerme en algo que no es mío, en la privacidad de las que más quise. 

Tal vez llegará el día en el que sienta por esas fotos de perfil lo mismo que por las de un compañero de la primaria, un amigo con el que ya no hablo o un pariente que no veo hace décadas – nada. O, como máximo, una leve nostalgia. 

Mientras tanto, sigo a la merced del recuerdo forzoso. Ahora no suena tan mal un testamento digital. 

 

de eso no se habla

La muerte es tabú. Es entendible, es el instinto de supervivencia, de autopreservación. Elegimos ignorar que es el destino común de todos y cada uno de nosotros, sin excepción. 

Podríamos pensar que también lo hace sin distinciones, que nos iguala. Pero eso es, por supuesto, una mentira. No es lo mismo morir en la pobreza que en las altas esferas de la sociedad. Un servicio fúnebre de calidad está a años luz de un velorio con falsas velas con luces led y decoración de bazar chino. 

No hay guías para la muerte, o al menos no las conozco. No hay un instructivo que te diga cuáles son los papeles que necesitás llevar a la cochería (o a la casa de sepelios, según el piné), lo que sale un cajón (o féretro o ataúd), lo que implica el crematorio. Nadie te dice que te van a dar a elegir si querés ver cómo entra en el horno, y que aunque digas que no, las puertas plegables de esa instalación precaria van a dejar entrever lo que pasa tras bambalinas, que es, básicamente, la incineración de un cadáver. 

El silencio que socialmente se impone en lo que respecta al gran final, del eterno reposo, del paso a la junta kármica o del retorno a la nada, según las creencias, se extiende a todas las facetas de este fenómeno. 

Nadie quiere hablar del duelo, pero todos creen hacerlo. Se habla de las fases del duelo, que ya ni puedo recordarlas. Se habla del duelo de un trabajo, de la infancia, de la adolescencia, de una pareja, de un departamento alquilado en Almagro o de un canario que se comió el gato. 

Pero nadie que no haya atravesado el duelo de una persona, uno de verdad, no el de un tío abuelo perdido que dolió un poquito, puede conversar sobre esto. Se requiere ser el deudo de un fallecido para poder comprender y atravesar la superficialidad de los comentarios, de los mensajes de afecto, de la lástima. 

Es entendible. Nadie quiere hablar de la muerte si no tiene una razón válida, suspender la incredulidad, dejar que lo abyecto irrumpa en lo cotidiano. Los que transitamos un duelo, en cambio, necesitamos desesperadamente encontrar una voz con la que dialogar, que pueda entender lo minucioso que es el proceso, lo impredecible, los arrebatos en el lugar y en el momento equivocado o la sensación de estar frente a la marea, que sube y baja. 

El duelo no tiene etapas, no tiene pasos y tampoco instrucciones. Es un dolor que se encuentra latente hasta que, cual proceso inflamatorio, invade todo el ser hasta que recede, expectante, hasta el próximo episodio. 

La muerte y la pérdida deberían ser parte de la agenda pública. Estoy convencido de que nos quitaría a todos un peso de encima, nos prepararía para el futuro y nos ayudaría a los que necesitamos desahogarnos, reducir como sea esa inflamación. 

 

pan

Hay una bolsa de pan colgando del picaporte del 4°D. Ya pasaron varios días desde que el encargado del edificio me comunicó enfáticamente que no saliera de mi departamento sin barbijo, porque los propietarios u ocupantes del D y el E habían contraído COVID-19. 

La señora a la que le gusta asustarme cuando salgo del ascensor, por un lado. Por el otro, el matrimonio de evangelistas que dice que somos “familia” y su ¿hijo? obeso que me espía desde la puerta cada vez que entro o salgo de mi casa. 

Mi paranoia ya volvió a fase uno, cumplo con todos los protocolos del día cero. Barbijo de tres capas, alcohol en gel y al 70% en difusor, uno en cada bolsillo. Corro los metros que me separan desde la puerta de mi hogar hasta los ascensores, como si las dos entradas a los departamentos de los infectados estuvieran cubiertas de esporas venenosas que me matarían a las más mínima inhalación. 

Antes del anuncio, y de la bolsa, apareció un equipo de médicos con traje de astronauta. Quizás no tuvieran un traje hazmat, y sólo un barbijo y una máscara de acetato, pero en mi recuerdo los veo a punto de partir a la luna. Esperaban a que alguien de la casa del matrimonio religioso con hijo voyeur les abriera y me pidieron que pasara rápido. Las esporas. 

Unos días después de mi encuentro con los exploradores espaciales, se presentó una señora en el mismo departamento. Se estaba peleando con las llaves, no podía abrir la puerta. No era la dueña de casa, pero juro haberla visto ya, durante los fines de semana, luchando con las llaves del departamento que le sigue, el de la dentista que huele a tabaco y que llena el palier de familias con niños chiquitos todos amontonados y sin barbijo. Nunca puede abrir. 

Hoy me puse mi escafandra atomprotect y salí para hacer las compras. Todavía sigue colgada con las mismas tres piezas de pan, y se le sumó el diario del domingo.

A veces me tienta golpear la puerta para preguntar si están bien, para hacerles saber que tienen comida de hace casi una semana esperándolos. 

Pero mejor no, no hay que meterse en asuntos ajenos. No quisiera perturbar lo que sea que esté tramando la señora de las llaves.