Equinoccio

Llega la primavera, pero nada es lo mismo. Ya no sirven los discos de siempre para estar tirado bajo el sol. El equinoccio tiene ahora, y hasta el final, otro significado.

Se cumple un año de nuestro último paseo, de nuestro último día entero juntos. Por casualidad en otra de esas fechas de porquería, las que siempre me pusieron nervioso – con quién juntarse, qué hacer, si seguir a toda la manada a ese campo inmundo del fondo de Las Flores o hacer la mía lejos de todos. Obviamente, jamás fui.

Nos encontramos en peluquería a la que te fuiste a hacer el color miel, que terminó siendo un colorado medio oscuro. Después compramos ropa, la remera esa de Revolver con la palabra Bicha y estampas de serpientes, y nos fuimos a comer un pancho carísimo a Plaza Armenia. 

Tenías un regalo para mí, porque eso hacíamos. Regalarnos cosas sin motivo, porque veíamos algo y sabíamos que era para el otro.

En el medio de Dogg, sentados en banquetas altas, incómodas y tambaleantes, sacaste la taza de Edna Krabappel con la frase “Divorced but eligible”. Amé al instante.

Ambos teníamos planes para la tarde, pero empezamos a posponer, a estirar el encuentro lo más posible. Caminando, tejiendo, yendo a locales de modernas y yéndonos con las manos vacías. No, mentira, yo me compré los pines de Britney. Vos querías un buzo porque te ibas a las cataratas. Un buzo, para ir a Misiones en primavera. Lo pienso y me vuelvo a reír.

Seguimos comprando cosas, la crema enjuague todavía no se me terminó. Está ahí, recordándome de esta fecha cada vez que entro a ducharme.

Te despedí en Jurabildo, rogando que entendieras cómo carajo llegar a tu casa, porque a tus 26 años todavía no habías terminado de entender cómo moverte en la Ciudad. Aún con toda la tecnología del planeta en la palma de la mano, algunas cosas nunca cambian.

En el mes y medio que pasó entre nuestro día y el accidente, pasó de todo y a la vez, no pasó nada.

Yo estaba en modo elecciones, trabajando sin parar para poder seguir trabajando sin parar.

Grabé varios episodios de Rari, el podcast que te tenía como fan número uno.

Conocí a un chico que me terminó gustando bastante y que resultó ser otro pelotudo a cuerda, como suele pasar con todos los que te caen mal. También volví a juntarme con otro, que siempre te pareció un imbécil y que lo volvimos a confirmar.  

Pude revivir mi fiesta favorita, pero vos no estabas. También fui a varios recitales, como el de Alex que me recordó nuestro viaje a Chile.

Vos viajaste, espero que sin el buzo. Y subiste esas fotos hermosas, que de vez en cuando entro a ver para llenarme de vida, la que exudabas en todo lo que hacías. 

No me acuerdo si nos cruzamos o no un par de veces en el café de la esquina del trabajo, a veces pienso que sí, otras que no. Pero no pasó un día sin que habláramos. Incluso esa última noche, cuando drogado, a miles de kilómetros de distancia y sintiéndome abyecto en el medio de desconocidos, te tomaste unos minutos de la madrugada para tirarme flores.

Pasó un año desde el último abrazo. Una década, un segundo. Cada cosa hago, cada canción que escucho, las frases que digo, te traen, te hacen carne, te “devuelven de nuevo a la vida”. Chiste interno.

Pese a todo, te pido por favor que, cuando tengas un tiempito, me mandes un saludo. Un guiñito, algo. 

Como los espejos empañados al salir un segundo del ascensor. O los cartelitos que aparecen de repente fuera de lugar, tirados en el suelo, cuando estoy triste y pienso en vos.

Es que aunque te lleve dentro y le hable todo el tiempo a la versión de vos que quedó en mí, te extraño. Con locura. Ayer, hoy y siempre. 

Voy a cerrar los ojos e imaginarme que estamos con las pelucas que me regalaste, sacándonos fotos con una webcam barata. Quizás, si hago mucha fuerza, pase algo. Después de todo, es el Equinoccio.

 

61

El primer año que se hacen las doce y no saco las bolsas que tenía escondidas.

Prometí en terapia que hoy sólo iba a dedicarte una hora y media, porque tengo que priorizarme a mí y dejar de hablar con los muertos.

Pautamos las siete y media de la tarde, porque se supone que voy a estar desocupado, pero ya arranqué así.

En fin, voy a tratar de conseguir jazmines, aunque me hagan doler la cabeza. No sé si hay en esta época del año, quizás me tenga que conformar con una vela aromática que vi en el chino de acá a la vuelta.

Feliz cumpleaños, allá donde estés. Incluso si sólo es dentro de todos los que quedamos.

 

Por Ahora

No estoy con muchas ganas de ver contenido nuevo, quiero darme una panzada de cosas que ya sé que me gustan, encontrar el confort en mis lugares comunes.

Este fin de semana miré un par de temporadas de Veep, muy descrita como “la ventana hacia el infierno que es trabajar en mi oficina”, y volví a ver toda Por Ahora. Qué serie del carajo.

Siempre repetíamos la frase que dice la gran Valeria Lois en el episodio de la campaña publicitaria sobre productos de limpieza de inodoros: “Si esto no es el feminismo, yo no entiendo el feminismo”.

Estoy muy fan de Malena Pichot últimamente, no me pierdo un día de Furia Bebé y estoy leyendo su libro.

¿Te acordás de cuando mirábamos sus videos, hace más de una década, y llevábamos su foto o la de Robyn a la peluquería, la de que quedaba frente a la villa, para que me hicieran el corte taza? Siempre fue el corte locademierda antes de ser el de moderna.

Igual, pará, banquemos un poco. ¿Podemos registrar que yo era un adolescente que iba dos veces por semana al COIFFEUR para que lo peinaran? Y pese a todo elegías ser mi amiga. Quizás por eso.

Hace unos años, creo que tres, fuimos a ver Noche de fresas a la Siranush. Ya nos habíamos ido juntos de vacaciones a otro país, pero creo que esa fue una de las noches en las que me empecé a sentir un adulto. O al menos uno de esos que mostraban las series que mirábamos. Ir al teatro, con una amiga, a tomar tragos de precios estrafalarios y a mezclarnos con la gente de Palermo, antes de tomarnos el 24 para volver a Wilde.

En mi última sesión de terapia, porque siempre hablamos de vos, le conté a mi psicólogo que cuando te moriste lo primero que hice fue dudar de nuestra amistad. Fue instantáneo, sentí que si hubiera sido yo el muerto, no habría sido tan grave, que quizás yo no era para vos todo lo que vos fuiste para mí. Y esa misma noche, como por arte de magia, tu mamá me mandó fotos de tu cuarto, sin motivo, porque sí. Y en esas fotos estaba nuestra foto, la que más te gustaba, en la que decías que yo era tu Thom Yorke, junto con una foto carnet que me saqué cuando empecé el CBC.

Esta fecha siempre me trajo ansiedad, toda la vida. Primero, porque sentía que no tenía con quién compartirla. Después, porque no sabía a quién priorizar. Pero llegado un momento, siempre con vos. Como cuando te apareciste con Florencia con esa torta que decía “Feliz Día Q”, porque eramos los quarks, que siempre están de a tres, en medio de un festejito con gente a la que ya casi ni recuerdo.

Este año, la verdad, algo cambió. No sentí la obligación de escribirle a nadie, ni de pensar en regalos, ni de publicar cosas cursis. Nada más que un video de Amaral y una foto de las Cock Destroyers, para seguir fiel a mi marca.

Quizás será porque sé los afectos que tengo, porque me vienen acompañando desde que te fuiste vos y después te siguió mamá. O tal vez porque no voy a tener nada para agregarle a la caja que guardo en el placard, la que tiene cada una de tus tarjetas.

En fin, feliz día, Dai. Como siempre, te siento parte de cada fibra de mi ser. Y pese a eso, por eso, te extraño. Más que nunca.