Lo recomendable es que las personas que sufran síntomas leves y tengan un buen estado de salud general se confinen en casa.

Sucedió, me tocó el COVID. Día 2 de 7.

Pasé toda la tarde con fiebre jugando un videojuego que se cerró por un error y perdí todos mis avances. 

Tuve que hablar con toda mi familia para asegurarles que no me siento tan mal, respondiendo mensajes de una manera que no transmitan mi hastío. 

Mis gatos están cargosos, quieren estar encima mío a toda costa. Me siento culpable, porque lo disfruto, pero leí que habría una probabilidad del 67% de que se puedan contagiar. 

Ayer dormí mucho, hoy no puedo pegar un ojo. Estoy agotado, pero no me puedo apagar. Esta madrugada leí dos libros cortos, los de Carolina Unrein que compré en el primer aislamiento y nunca había empezado. 

Fatal es precioso y confirma lo que ya sabía – que estuve en una relación abusiva. Que por algo me tiemblan las piernas cuando me obligo a habitar ciertos lugares y evito otros. Otro trauma que se suma al de Daiana, al de mamá, al de la pandemia, material para los ataques de pánico, la ansiedad en general. 

En abril del 2020, cuando empecé a sentir que me faltaba el aire cuando llegaba la hora de cenar, estaba convencido de que iba a morirme de COVID. No importaba mi juventud ni mi comorbilidad “controlada” – era el destino. La misma imagen se repetía una y otra vez en mi cabeza, lo decía en vos alta: “Voy a morirme conectado a un respirador como mi mamá”. 

Dos años y tres vacunas después, sólo tengo mucha tos y me duele la cabeza. 

No sucederá, pero lo sigo pensando. 

 

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