de eso no se habla

La muerte es tabú. Es entendible, es el instinto de supervivencia, de autopreservación. Elegimos ignorar que es el destino común de todos y cada uno de nosotros, sin excepción. 

Podríamos pensar que también lo hace sin distinciones, que nos iguala. Pero eso es, por supuesto, una mentira. No es lo mismo morir en la pobreza que en las altas esferas de la sociedad. Un servicio fúnebre de calidad está a años luz de un velorio con falsas velas con luces led y decoración de bazar chino. 

No hay guías para la muerte, o al menos no las conozco. No hay un instructivo que te diga cuáles son los papeles que necesitás llevar a la cochería (o a la casa de sepelios, según el piné), lo que sale un cajón (o féretro o ataúd), lo que implica el crematorio. Nadie te dice que te van a dar a elegir si querés ver cómo entra en el horno, y que aunque digas que no, las puertas plegables de esa instalación precaria van a dejar entrever lo que pasa tras bambalinas, que es, básicamente, la incineración de un cadáver. 

El silencio que socialmente se impone en lo que respecta al gran final, del eterno reposo, del paso a la junta kármica o del retorno a la nada, según las creencias, se extiende a todas las facetas de este fenómeno. 

Nadie quiere hablar del duelo, pero todos creen hacerlo. Se habla de las fases del duelo, que ya ni puedo recordarlas. Se habla del duelo de un trabajo, de la infancia, de la adolescencia, de una pareja, de un departamento alquilado en Almagro o de un canario que se comió el gato. 

Pero nadie que no haya atravesado el duelo de una persona, uno de verdad, no el de un tío abuelo perdido que dolió un poquito, puede conversar sobre esto. Se requiere ser el deudo de un fallecido para poder comprender y atravesar la superficialidad de los comentarios, de los mensajes de afecto, de la lástima. 

Es entendible. Nadie quiere hablar de la muerte si no tiene una razón válida, suspender la incredulidad, dejar que lo abyecto irrumpa en lo cotidiano. Los que transitamos un duelo, en cambio, necesitamos desesperadamente encontrar una voz con la que dialogar, que pueda entender lo minucioso que es el proceso, lo impredecible, los arrebatos en el lugar y en el momento equivocado o la sensación de estar frente a la marea, que sube y baja. 

El duelo no tiene etapas, no tiene pasos y tampoco instrucciones. Es un dolor que se encuentra latente hasta que, cual proceso inflamatorio, invade todo el ser hasta que recede, expectante, hasta el próximo episodio. 

La muerte y la pérdida deberían ser parte de la agenda pública. Estoy convencido de que nos quitaría a todos un peso de encima, nos prepararía para el futuro y nos ayudaría a los que necesitamos desahogarnos, reducir como sea esa inflamación. 

 

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