pan

Hay una bolsa de pan colgando del picaporte del 4°D. Ya pasaron varios días desde que el encargado del edificio me comunicó enfáticamente que no saliera de mi departamento sin barbijo, porque los propietarios u ocupantes del D y el E habían contraído COVID-19. 

La señora a la que le gusta asustarme cuando salgo del ascensor, por un lado. Por el otro, el matrimonio de evangelistas que dice que somos “familia” y su ¿hijo? obeso que me espía desde la puerta cada vez que entro o salgo de mi casa. 

Mi paranoia ya volvió a fase uno, cumplo con todos los protocolos del día cero. Barbijo de tres capas, alcohol en gel y al 70% en difusor, uno en cada bolsillo. Corro los metros que me separan desde la puerta de mi hogar hasta los ascensores, como si las dos entradas a los departamentos de los infectados estuvieran cubiertas de esporas venenosas que me matarían a las más mínima inhalación. 

Antes del anuncio, y de la bolsa, apareció un equipo de médicos con traje de astronauta. Quizás no tuvieran un traje hazmat, y sólo un barbijo y una máscara de acetato, pero en mi recuerdo los veo a punto de partir a la luna. Esperaban a que alguien de la casa del matrimonio religioso con hijo voyeur les abriera y me pidieron que pasara rápido. Las esporas. 

Unos días después de mi encuentro con los exploradores espaciales, se presentó una señora en el mismo departamento. Se estaba peleando con las llaves, no podía abrir la puerta. No era la dueña de casa, pero juro haberla visto ya, durante los fines de semana, luchando con las llaves del departamento que le sigue, el de la dentista que huele a tabaco y que llena el palier de familias con niños chiquitos todos amontonados y sin barbijo. Nunca puede abrir. 

Hoy me puse mi escafandra atomprotect y salí para hacer las compras. Todavía sigue colgada con las mismas tres piezas de pan, y se le sumó el diario del domingo.

A veces me tienta golpear la puerta para preguntar si están bien, para hacerles saber que tienen comida de hace casi una semana esperándolos. 

Pero mejor no, no hay que meterse en asuntos ajenos. No quisiera perturbar lo que sea que esté tramando la señora de las llaves.