Distanciamiento

Las veo en los noticieros y en las fotos de los periódicos en línea. En esta nueva normalidad incipiente, láminas de acrílico o vidrio que separan por precaución a las personas – al cajero del comprador, a dos personas tomando un café en un bar, a los miembros del jurado de un reality. 

Y entonces entiendo, puedo representarla por primera vez. 

Esa extrañeza. Esa distancia en cada almuerzo familiar. Esa incomodidad en las reuniones de trabajo. 

Milimétrica, pero presente. 

Sanitaria, para evitar el contacto/contagio. 

Pecera, que dificulta la comunicación, y aunque es la misma lengua, no así el habla. 

“¿Podés identificar cuándo no sentís esa barrera?”.

Sí, pero ya está muerta.

 

Equinoccio

Llega la primavera, pero nada es lo mismo. Ya no sirven los discos de siempre para estar tirado bajo el sol. El equinoccio tiene ahora, y hasta el final, otro significado.

Se cumple un año de nuestro último paseo, de nuestro último día entero juntos. Por casualidad en otra de esas fechas de porquería, las que siempre me pusieron nervioso – con quién juntarse, qué hacer, si seguir a toda la manada a ese campo inmundo del fondo de Las Flores o hacer la mía lejos de todos. Obviamente, jamás fui.

Nos encontramos en peluquería a la que te fuiste a hacer el color miel, que terminó siendo un colorado medio oscuro. Después compramos ropa, la remera esa de Revolver con la palabra Bicha y estampas de serpientes, y nos fuimos a comer un pancho carísimo a Plaza Armenia. 

Tenías un regalo para mí, porque eso hacíamos. Regalarnos cosas sin motivo, porque veíamos algo y sabíamos que era para el otro.

En el medio de Dogg, sentados en banquetas altas, incómodas y tambaleantes, sacaste la taza de Edna Krabappel con la frase “Divorced but eligible”. Amé al instante.

Ambos teníamos planes para la tarde, pero empezamos a posponer, a estirar el encuentro lo más posible. Caminando, tejiendo, yendo a locales de modernas y yéndonos con las manos vacías. No, mentira, yo me compré los pines de Britney. Vos querías un buzo porque te ibas a las cataratas. Un buzo, para ir a Misiones en primavera. Lo pienso y me vuelvo a reír.

Seguimos comprando cosas, la crema enjuague todavía no se me terminó. Está ahí, recordándome de esta fecha cada vez que entro a ducharme.

Te despedí en Jurabildo, rogando que entendieras cómo carajo llegar a tu casa, porque a tus 26 años todavía no habías terminado de entender cómo moverte en la Ciudad. Aún con toda la tecnología del planeta en la palma de la mano, algunas cosas nunca cambian.

En el mes y medio que pasó entre nuestro día y el accidente, pasó de todo y a la vez, no pasó nada.

Yo estaba en modo elecciones, trabajando sin parar para poder seguir trabajando sin parar.

Grabé varios episodios de Rari, el podcast que te tenía como fan número uno.

Conocí a un chico que me terminó gustando bastante y que resultó ser otro pelotudo a cuerda, como suele pasar con todos los que te caen mal. También volví a juntarme con otro, que siempre te pareció un imbécil y que lo volvimos a confirmar.  

Pude revivir mi fiesta favorita, pero vos no estabas. También fui a varios recitales, como el de Alex que me recordó nuestro viaje a Chile.

Vos viajaste, espero que sin el buzo. Y subiste esas fotos hermosas, que de vez en cuando entro a ver para llenarme de vida, la que exudabas en todo lo que hacías. 

No me acuerdo si nos cruzamos o no un par de veces en el café de la esquina del trabajo, a veces pienso que sí, otras que no. Pero no pasó un día sin que habláramos. Incluso esa última noche, cuando drogado, a miles de kilómetros de distancia y sintiéndome abyecto en el medio de desconocidos, te tomaste unos minutos de la madrugada para tirarme flores.

Pasó un año desde el último abrazo. Una década, un segundo. Cada cosa hago, cada canción que escucho, las frases que digo, te traen, te hacen carne, te “devuelven de nuevo a la vida”. Chiste interno.

Pese a todo, te pido por favor que, cuando tengas un tiempito, me mandes un saludo. Un guiñito, algo. 

Como los espejos empañados al salir un segundo del ascensor. O los cartelitos que aparecen de repente fuera de lugar, tirados en el suelo, cuando estoy triste y pienso en vos.

Es que aunque te lleve dentro y le hable todo el tiempo a la versión de vos que quedó en mí, te extraño. Con locura. Ayer, hoy y siempre. 

Voy a cerrar los ojos e imaginarme que estamos con las pelucas que me regalaste, sacándonos fotos con una webcam barata. Quizás, si hago mucha fuerza, pase algo. Después de todo, es el Equinoccio.