Mirarnos, sonreír y empezar.

Murió Rosario Bléfari. Hace unos meses, en el medio de mi compulsión (aún presente, latente, al ataque) por saber cuánto tiempo promedio de vida le quedaba a cualquier persona que se me cruzara por la cabeza, busqué su edad y me sorprendió. Es que para mí era un sinónimo de nuestra adolescencia, y cuesta entender que no crecemos sólo nosotros, sino también quiénes nos acompañan.

Lo primera vez que me cayó esa ficha fue con mis padres.

En mi imaginario, el tiempo pasaba sólo para mí, el que se hacía independiente y vivía la vida de un adulto más. Pero ellos seguían siendo los de siempre, preservados en ámbar, invencibles pese a todos sus defectos.
Hasta que un día, los vi con detenimiento y los encontré… ajados, como los libros del Parque Rivadavia. El resto es Historia, y vos bien la sabés.

Volviendo a lo nuestro, se murió Rosario Bléfari. ¿Recordás que al principio la escuchábamos en broma, porque la escuchaba el amigo, del amigo de un amigo, ese que era un poco pretencioso? Tengo grabada la escena en la que te ponés a recitar, burlona y con cara de obsesa, esa parte de “Reservado” que dice “Tengo ganas de mostrarte mis rincones favoritos, prestarte películas y libros, que te pruebes mi ropa y me cuentes vida y obra“.

A mí me gustaba mucho poner esa canción a la noche y llorar, llorar sin parar. Después la olvidé, por un tiempo, hasta que me rompieron el corazón y la puse en mi playlist de canciones tristes que llamo “Blue”. Sigo llorando cada vez que empieza.

Creo que nunca escuchaste el disco que grabó con Dani Umpi y que te pasé varias veces. La verdad es que no me acuerdo, sé que volvimos a hablar de este mundo los últimos años, pero dejaste de usar last.fm hace tiempo.

Muchas veces surgió la conversación entre nosotros de “No sé que voy a hacer cuando X se muera”. Yo muchas veces nombré a Emily Haines o a Alaska, mis formadoras. Creo que a vos un poquito te pasó, violaciones del rock aparte, con Bowie, o al menos con ese Bowie de Laberinto, del reloj que llevabas en el brazo.

Cada vez que un referente de la cultura muere, de la cultura que le importa, de la que consume, Alaska hace un posteo y lo llama “mi mundo en desaparición”.

Y esta vez no le tocó a la que le prendo velas, sino a alguien más tangencial, como Rosario Bléfari. Pero con ella también Qué Out hablando de Suárez, nuestras madrugadas hablando de música, los blogs indies y todos los chicos cool con los que nos pasábamos canciones.

¿Cómo se siente darse cuenta de que vivir es entonces que tu mundo esté en un proceso de desaparción? Desgarrador. Y con él, otra parte tuya que se va y que sólo queda dentro de mi cabeza, difuminándose de a poquito, como una foto vieja.

 

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