año quebrado

¿Hasta qué edad voy a poder vestirme como quiero? Se lo pregunté muchas veces a mi analista (la anterior, claro) y siempre me respondió lo mismo “Hasta cuando quieras”.

Deseo encontrar el color de mi piel, deseo encontrar mi forma natural. Con el tiempo me he dado cuenta que aún no encuentro ni invento bien quién soy.

Pisando los treinta y no vivo en el departamento de Alaska y Mario, con el empapelado de Elvis y la el terciopelo por doquier. Tampoco soy esa moderna que me gustaba en las fiestas de Sick, supongo que ahora todo mi mobiliario debería ser CAT.

¿Llegaré a vieja como Walter Mercado? Probablemente una Aschira, ouna Lily Sullos si consigo con quien hacer un pacto homicida-suicida.

El otro día un pelotudo me dio a entender hace unos días que había una falta de sofisticación en mis consumos. Justamente, no va por ahí. Pero cómo me gustan los pelotudos.

No voy a repetir a Bourdieu, las ideas se me mezclan en la cabeza, voy a culpar a las pastillas por el ruido. La verdad es que no me acuerdo de la mitad de las cosas que hago en la semana.

Querer al mismo tiempo que toda la casa sea amarilla y roja, con toques de leopardo, y comprar las macetas que te vende la pareja de trolos que vive en Los Andes. ¿Cómo no tener ese departamento si un mantel de arpillera te lo tiran por la cabeza en 7 lucas?

¿Qué es lo aspiracional en mi generación? Mátome antes de ser un catálogo de Falabella. Y sin embargo, la melamina y el estilo “nórdico” que permite el bolsillo.

Para tener mal gusto hay que tener muy buen gusto, parafraseando a Waters. ¿Sigo por ahí o me corto la taza con las tijeras de cocina y uso esos pantalones raros que compré en otro de mis impulsos?

Quien pudiera existir sólo en concepto. Me desperté otra vez en un estado de perfección similar al de los ángeles, pero a los de la Biblia, los que son circulares y tienen muchos ojos. Son horribles – me encantan.

 

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