The plot revolves around two 28-year-old women who appear to have not achieved much success in life, and decide to invent fake careers to impress former classmates at their ten-year high school reunion.

Este fin de año se cumplen diez años desde que terminé el secundario. Si viviéramos en una típica comedia estadounidense, tendríamos que reencontrarnos todos los egresados en el Gimnasio (polideportivo, en mi caso) del colegio y mostrar la familia, el puesto en la empresa familiar o de middle management en una concesionaria de autos.

Yo, claramente, siempre me imaginé como una Daria, un outcast que es demasiado importante y serio para nimiedades como esta, como la vida rutinaria, casi pueblerina, la Idiocracia contemporánea, y que vuelve superado, quizás trabajando como periodista en un diario importante.

Qué imbécil y qué snob era. Que soy, que siempre lo fui. Lo que es, fue y será. Me siento más cerca de una Romy o una Michele, siendo sincero.

La verdad es que no se cumplieron ninguna de las expectativas que tenía para esta reunión del secundario. En mi mente, ya me habría recibido (de antropólogo, porque esa fue mi primera opción), estaría en mi segunda carrera (porque siempre cagando más alto de lo que me da el culo), quizás ni siquiera viviendo en el país.

Cuando era chico, pensaba que iba a estudiar en Yale. ¡En Yale! La cabeza cagada por las series yankees, quién manda a un niño a ver Gilmore Girls, por favor. Pensar que no puedo ni terminar una licenciatura.

Podría ponerme a enlistar todas las cosas que logré en los últimos diez años, la gran mayoría impensables para ese Nan de 17 – tan sólo necesito nombrar haber ido a Japón a ver a las chinas. ¡O mi puesto importante! En un trabajo que no me llena.

Pero es más fácil concentrarme en lo negativo, porque siempre necesito de una justificación, una razón para mi existencia. Las metas inalcanzables o ambiciosas que me pongo, para no cumplirlas nunca, o quedarme en el medio, o no ver todo lo que hago por fuera de eso, porque en la queja y en al no acción, ahí yace el goce. O eso diría mi antigua analista, no por nada dejé el psicoanálisis y pasé a lo clínico y a las pastillas.

A veces las profecías se (auto)cumplen y uno se pone a pensar, en cómo el máximo nivel educativo alcanzado por la madre impacta en el desarrollo de los hijos (aunque lo escuché de teóricos dudosos, con lo cual podría haber una gran carga misógina o meritocrática en esto, lo desconozco y tampoco me quiero interiorizar), en cómo la manzana nunca cae muy lejos del árbol, en que quizás uno nunca fue inteligente, sino que aprendió a leer de chico, o en que es fácil destacar cuando se es un pez grande en un estanque pequeño, ínfimo, minúsculo, mediocre, fabril, despojado de todo.

Me enfoco en todo lo que perdí y no en lo que gané, en la gente que fue quedando en el camino y no en los que se sumaron, o en los que permanecieron, incluso hasta morirse. Siento nostalgia por madrugadas enteras mirando películas con gente que hoy no reconocería por la calle, pero a veces me cuesta apreciar el hermoso bullicio que hace mi tribu cuando mira un video de los 90s en el living de mi primer departamento de soltero.

Hace un tiempo alguien me dijo que no puede ser que el mayor logro que podamos aspirar en esta vida sea cruzar la General Paz o el Riachuelo. No me voy a poner a hablar acá de movilidad social ascendente, de privilegios o de nada por el estilo. Sólo pensar que quizás ya es muchísimo no estar repitiendo la historia de nuestros padres, que ese pequeño paso, o nuestros peculiares consumos culturales ya hacen toda una diferencia. Una distinción.

Reniego de mis orígenes, de quiénes y cómo me criaron. Con todo el amor que les tengo, y con todo el sufrimiento de mis pérdidas y todos los duelos que he hecho y que quiero hacer. Me siento pedante, ridículo, pero me siento así. Me da terror retroceder, qué asco tener esa idea instalada en la cabeza. ¿Pero acaso no está bien querer cambiar? Cuánta contradicción que no cabe en un solo cuerpo.

Si yo no hablo de lo letrado ni lo elevado, si el libro de Denis Cuche sobre la noción de cultura en las Ciencias Sociales es mi caballito de batalla desde que empecé a estudiar. Ah, cierto, nunca terminé.

Al final, no voy a mentir. Jamás iría a una reunión con la gente del secundario. No queda nadie vivo que me interese.

 

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