Imágenes

Me gustaría quedarme para siempre con tu sonrisa la última vez que nos vimos, diciéndome con los labios que me amabas.

Pero hay otras imágenes que tengo grabadas en la memoria y que me asaltan en los momentos menos esperados. Como cuando estoy lavando los platos y de repente te recuerdo delirando o retorciéndote sobre la camilla. O cuando intento sentarme a cenar y me acuerdo de esa tarde que estuviste muy lúcida y me pediste algo rico para comer, que matabas por un helado.

Lo peor es cuando se pone en loop el momento en que subí a tu habitación después de recibir la llamada del hospital. Tu boca abierta, el camisón con esa mancha a la altura del pecho. No recuerdo con detalle tus ojos, si estaban abiertos o ya cerrados. Sólo que cuando pasamos las últimas horas en la funeraria, podía ver el pegamento sobre tus pestañas.

Uno de mis mayores miedos, además del terror que me produce mi eventual desaparición, es el de perder la vista. No sólo por todo lo que implicaría, sino también porque escuché decir que la memoria visual es lo que más rápido se olvida. Y jamás podría aceptar olvidarme de tu cara.

Sin darme cuenta, llené mi casa de tus fotos. En el altar que compartís con mi hermana, pegada sobre la heladera, adentro de una cartuchera, en un cajón de mi mesa de luz.

En verdad, creo que sería imposible olvidarme de vos, pero quiero grabar a fuego tu imagen en mis retinas, por si las dudas.

 

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