Aproximaciones a la Muerte #4

Hola, querida. Llegué. ¿Cómo? No te escucho. Claro, no podés contestarme, porque no tenés lengua.

risas de sitcom

Hoy tuve un día mucho mejor que el de ayer – trabajé bastante, pero también pude dormir la siesta y resolver algunos problemas. Hasta le metí un poco de streaming con amigos antes de salir corriendo para nuestra cita.

Tenía pensado hablarte del Tiempo, esa primo tuyo con el que tenés una relación incestuosa, pero recién escuché un programa de radio en el que hablaban sobre la gran Lola Flores y ahora sólo puedo pensar en una cosa – los funerales.

Creeme cuando te digo que ya tengo bajo mi cinturón bastantes velorios, funerales y entierros, de varios tipos y denominaciones religiosas, y es algo que encuentro fascinante. Debe ser mi faceta de etnólogo, porque el ritual de la despedida de un ser querido y sus variaciones, tanto por cuestiones de fe como de posición social, me llaman mucho la atención.

En lo personal, si la familia del difunto lo decide, necesito ir al velorio. Y es más, necesito ver el cuerpo o al menos acercarme al cajón.

Hay gente que puede acercarse a darle su pésame a los dolientes, pero que no puede ingresar al recinto donde está siendo velada la persona porque le da impresión. Yo no me lo perdonaría si no lo hiciera.

Cuando fue el velorio de mi tío Sergio, ese que encontré ensangrentado en su casa y que murió después de estar internado un tiempo (otra de las imágenes que no me voy a sacar de la cabeza – tirado en la camilla, con los ojos abiertos pero sin poder hablar, llorando), estuve todo el tiempo que pude al lado del cuerpo, flanqueándolo con mi papá. Sólo lo dejé a la noche y una media hora en la que pasé a ver a Daiana y a su familia, porque la cochería quedaba a media cuadra de su casa.

Del velorio del tío David no me acuerdo mucho, sólo que en la entrada finalmente pude largarme a llorar en los brazos de mi madrina, porque no quería mostrarme mal adelante de mis primas. Y del entierro de Sabina, su madre, a la que dejamos en el mismo cementerio judío en Berazategui unos meses antes, recuerdo que tuve que llevar el ataúd junto con los otros hombres, con un miedo terrible a que se me cayera y se abriera en medio del pasto.

Ya conté que cuando falleció mi tío Huguito era una sombra de lo que había sabido ser. Me acuerdo que me le acerqué y le dije “Nos vemos pronto, Hugui” e inmediatamente me horroricé por mi fallido. ¡Pronto!

Cuando Daiana tuvo su accidente, yo estaba de viaje en Mendoza, en el cumpleaños de una amiga de la familia con la que cariñosamente nos llamamos primos y a todo el mundo le digo que es “mi prima torta de Mendoza”, porque es así. Es la mejor amiga de todo el mundo mundial de Jana, me entenderás.

En fin, yo estaba de viaje, y me había pasado gran parte de la noche al lado de un fogón, tragando humo y muriéndome de frío, mientras el resto de la gente se emborrachaba o bailaba drogada. Yo tomé media, pero no me pasó absolutamente nada. Sólo tenía frío, así que aprovechaba para entrar y salir de la casa y sacarme selfies en el baño, con todo mi conjunto de ropa nuevo que era un escándalo.

Hablé por última vez con Dai esa madrugada, cuando me puso un corazón en una story y le dije que le agradecía, porque había salido “obeso” en una foto. Me contestó “Es imposible” y le retruqué con un “Jajaja tarada”. Eso fue lo último que le dije a mi hermana, qué gasto de vida.

A las pocas horas de haber conciliado el sueño, me despertó el celular con llamadas de mi mamá. No la quise atender, porque seguramente sólo quería saber cómo estaba, pero Jana apareció de repente y me sugirió de mil maneras salir al patio a tomar un café. Ella tuvo la desagradable tarea de decirme que se había muerto.

Inmediatamente llamé a mi mamá, y cuando me atendió me confirmó todo con el tono de su voz y me caí al piso. Quedé de rodillas en medio del parque que hasta unas horas atrás había estado lleno de gente y empecé a gritar y llorar. Creo que Jana se acercó y me abrazó, no me acuerdo muy bien, sólo sé que llamé a mi psicóloga, que era la misma a la que iba Daiana, pero no sé muy bien para qué. Para contarle, para llorar juntos, para que me dijera qué hacer.

El día fue muy raro. Se paso entre información cruzada sobre los pasos a seguir (que la autopsia, que la morgue, que el velorio sí o el velorio no), la mirada lastimosa de la gente, las noticias en la tele sobre lo que había pasado, los mensajes de gente impresentable mandándome fotos nuestras y mi indecisión sobre cómo y cuándo volverme.

No cabía duda, yo tenía que estar ahí cuando la despidieran. Jamás me lo perdonaría de otra manera. Decidimos con Jana sacar pasajes de micro para esa misma noche, de modo tal de llegar justo para cuando fuera el velorio. Unas horas antes de que partiera, me llamaron para decirme que lo habían adelantado, que la familia me pedía perdón pero que necesitaban terminar con esto. No iba a llegar. Saqué un pasaje de avión Mendoza-Buenos Aires para el día siguiente que me salió la mitad de un pasaje a Europa y fuimos en patota a la terminal de ómnibus para devolver el pasaje, sin resultado alguno. Me sentí a salvo, al menos por un momento, viendo como todas esas mujeres que me acompañaban discutían y peleaban con uñas y dientes por mí.

En el viaje de avión traté de distraerme mirando Paquita Salas, una de las pocas cosas que puede calmar mi alma, y cuando llegué a Buenos Aires llovía a cántaros. La amiga que iba a pasar a buscar nunca acusó recibo, así que me tomé el colectivo en la puerta del aeroparque hasta la casa de mi mamá. Me había costado muchísimo, estaba al filo de no llegar, pero por fin lo estaba logrando. Y toda mi ropa todavía olía a humo.

En el cochería, y después de saludar a su papá, entré a la sala y el corazón se me fue a los pies – el cajón estaba cerrado y yo no iba a ver por última vez a mi hermana, a mi persona.

En retrospectiva, era obvio que iba a ser de esa manera, teniendo en cuenta el accidente, pero yo estaba desesperado por volver y poder verla aunque sea una última vez. No bastaba con esa selfie que subió minutos antes de subirse al auto, la del blazer lavanda en la que había salido perfecta.

No me moví de al lado del cajón. Pasaron parientes, desconocidos, compañeros de trabajo, ex-cuñadas que hicieron el paripé de “yo, la que más sufre por esta pérdida”, todos lamentando la pérdida de alguien tan joven, tan bueno, con tanto por vivir. Me miraban y lloraban, me decían “Se te murió tu hermana”. Y yo sólo asentía, lloraba, me ponía a consolar a gente cuando necesitaba desesperadamente que me consolaran a mí.

Adriana, Noelia, Chile, Mamá y la tía Susy me acompañaron todo el velorio. Fui el último en salir y me tuvo que sacar mi tía a la fuerza. Cuando llegamos al cementerio, también fui el último en despedirme en el nicho.

Es que vos me tenés que entender, Daiana fue una de las únicas personas que hicieron que esta sensación de soledad que tengo en el pecho desaparezca por un rato y con su partida se terminó para mí toda una parte de la experiencia humana, algo que no voy a volver a tener jamás.
No podía dejarla sola.

De mamá no vamos a hablar hoy, ya lloré adelante tuyo demasiado. Pero sí podemos hablar de mi funeral.

Me intriga muchísimo pensar cómo sería. Ojalá dentro de muchísimos años, con poca gente que me despida porque yo me habré despedido de todos antes (ayudame en esta, vos que tenés chapa). Pero me tortura pensar en dejar todo por escrito y con indicaciones y no poder hacer nada al respecto si no las siguen. ¡Hasta muerto quiero tener el control sobre todo!

Ese es mi problema, la incertidumbre. Y vos sos mitad eso y mitad certeza, porque llegás seguro y qué pasa después, el Tiempo lo dirá.

Fantaseo con todas las diversas formas en las que podré llegar a morir y siempre pienso que, de ser algo lento o terminal, algo con una fecha de caducidad confirmada, me gustaría hacer un funeral falso. Velarme a mi mismo, disfrazado entre la gente, y ver quiénes aparecen, quiénes me lloran realmente y quiénes sólo lo hacen por el circo.

Pero, finalmente, es otra de las cosas que me dan miedo. Miedo a no tener una audiencia, o de enterarme lo que todos pensaban de mí realmente, porque es obvio que nunca me lo dirían a la cara pero me odiarían en secreto.

Algunas cosas mejor no saberlas.

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *