Aproximaciones a la Muerte #2

La segunda noche que nos vemos. Hoy adelanté la hora de nuestra cita, soy como vos, a veces llego en el momento menos esperado.

Bueno, en realidad no es nuestro primer encuentro. Porque además de todas las veces que irrumpiste en mi cabeza sin avisar durante esta cuarentena, te tengo presente desde muy chico, desde que asomaste la cara por primera vez.

Estas historias las escribí mil veces, pero no sé si las sabrás, aunque se suponga que sabés todo así que las voy a volver a contar. Planeo acercarme de a poco a vos, a veces hablándote, otras simplemente nombrándote. Entiendo que entenderás.

La primera vez que tomé conocimiento de tu existencia fue a los cuatro o cinco años, cuando tuvieron que sacrificar a Auca, la perra que vivía en la casa de la Abuela Fanny. No recuerdo si era de ella, nuestra, de quién, sólo el huevo gigante, la infección, y su posterior viaje al “Cielo”.

Ese concepto me quedó dando vueltas en la cabeza. ¿Ir al cielo, desaparecer? ¿A qué parte del cielo, la podría ver a simple vista?

Al poco tiempo se cementó tu realidad, cuando descubrí con el “viaje al cielo” de mi abuela que también les tocaba a los humanos. Bueno, nos tocaba, en tanto yo soy uno.
El día anterior a que sucediera, recuerdo estar sentado en uno de los sillones de caña de su living, mirando fijamente la mancha negra, el producto de un incendio, que había al lado de la puerta de calle, pensando en qué pasaría si la abuela se muriera al día siguiente. Dicho y hecho.

Esa misma tarde Jana, que siempre había tenido esa conexión especial con la Abu, pidió que pararan en coche al irnos, se bajó y le dio otro abrazo. Cosa de mandinga.

Del velorio de la abuela recuerdo no entender bien lo que pasaba, sólo que mi mamá estaba muy triste porque la abuelita “se había ido al Cielo”. En mi cabeza, yendo a ese momento, no me siento especialmente triste. Sólo me vienen flashes – comprar galletitas en el almacén, cuando todavía las guardaban en latas; mis primas más grandes destrozadas y diciéndome que no entendía nada, que la abuela no iba a volver más; mi prima más chica, que tampoco registraba mucho la situación; la urna que quedó después de todo, que estuvo un tiempo en el cementerio hasta que la sacaron.

Ahí empezaron mis miedos, mis sudores nocturnos, mis conversaciones conmigo mismo convenciéndome de que “inventarían la inmortalidad” antes de que me tocara a mí. ¿De dónde habría sacado el concepto de “inmortalidad”? ¿La televisión, algún libro? Las desventajas de saber leer desde los tres años y medio.

También el ir sin hacer ruido hasta la habitación de mis papás para ver si respiraban, en especial Mamá. Ay, mamá. Toda la vida viví esperando el momento de su muerte, porque siempre estuvo enferma, porque siempre estuvo fumando, porque siempre estuvo perdiendo peso y sin cuidarse. Viví pensando que estaba haciendo un duelo anticipado y, sin embargo, nada me preparó para cuando finalmente la viniste a buscar.

Si hay algo después de fallecer, ¿existís de una manera, digamos, antropomórfica? No sé si vos o alguno de los psicopompos que habitan en las ficciones.

¿Habrá llegado un ángel negro a la habitación del hospital para darle la mano mientras el desfibrilador trataba de reanimarla sin éxito? En realidad no sé si usaron un desfibrilador, nunca hice la consulta y a veces me paso horas imaginando cómo fueron esos últimos minutos. Sólo me queda esa imagen – la boca abierta y la mancha en el camisón a la altura del pecho.

Después de que murió la abuela, la depresión de mamá empeoró. Empezó a ir al consultorio espiritual de Magdalena, la pastora de la Iglesia Evangelista a la que nos obligaba a ir papá. Pero supongo que mucho éxito no debe de haber tenido, porque enseguida dejó de ir.

También nos hacía mirar películas alusivas a la vida después de la muerte. Nunca pude volver a ver Más allá de los sueños, me sigue traumando.

Otra de las películas recurrentes en mi infancia, esta vez por culpa de papá, fue Ghost, la sombra del amor. ¿Estará mamá en una estación de subte, tratando sin éxito de robarle un atado de cigarrillos a alguno de los kioscos que hay bajo tierra?

Después de esos primeros años formativos en todo lo relativo a vos, tardaste un tiempo en aparecer, hasta que se fue el Abuelo Antonio. No recuerdo las circunstancias, sólo que estuvo internado, que nos habíamos peleado todos con él unas semanas antes de que se muriera y que papá llevó a un cura o a un pastor o a alguien para que lo ungiera antes de morirse. Lloré un poco en el entierro, pero pasó de largo. Estaba jugando al Tony Hawk cuando nos enteramos.

Después vinieron las seguidillas, un poco más espaciadas, pero presentes . 
El tío Sergio, al que encontré yo aún vivo tirado en su casa con el piso lleno de sangre por las várices esofágicas que se le habían reventado y murió después de un mes de internación, cerca del día de la primavera, creo, o del cumpleaños de Veronica Park, una amiga de unos amigos.
El tío David, que se fue de golpe una noche de semana adelante de dos de sus hijas, que pudieron despedirse.
Analía, la amiga de la familia que falleció en un accidente automovilístico.
Huguito, otro que la peleó tanto que cuando llegó el final ya no parecía él.

Y finalmente, me sacaste a las dos personas que más me amaron y amé en mi vida – mi hermana y mi mamá.

Se supone que el chiste de hablarte es lograr entenderte. Sacarte a bailar y empezar a comprender que sos una parte de la vida, que no hay vida sin muerte, que el libro de Saramago, la canción del Rey León y qué sé yo. “Los seres vivos nacen, crecen, se reproducen y mueren”.

Sigo sin poder aceptarte. Tengo a mi disposición siglos de cultura judeocristiana, de literatura, de bellas artes que tratan sobre vos. Y todos seguimos con la misma incertidumbre – llegás, pero no sabemos para llevarnos a dónde.

Últimamente soy partidario de la nada, del frío del nicho o del calor del crematorio. Pero hoy leí una publicación de Instagram en la que un cumpleañero se puso a hablar de vos y del paso del Tiempo (tu… ¿compañero? ¿Primo-hermano? ¿Pareja abierta? Algo del corte de los hermanos Galán, tal vez. Ya voy a hablarte de él).
En ella, este artista decía no saber con exactitud qué venía con vos y después de vos, pero estaba convencido que la existencia de un “todo lo que es, fue y será”. Un retorno a eso.

¿Sabés qué? Tampoco me convence. Tendré que seguir buscando, intuyo, hasta que nos encontremos.

 

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