Ritual

De noche y con dos cartas, en una Iglesia dilapidada, invocabas siete demonios menores. No era posible, me explicabas con tranquilidad, invocarlo a Él, al Diablo con mayúsculas, así que podía relajarme.

No entendía qué pasaba, ni por qué lo hacías, pero uno a uno iban apareciendo, con un halo de luz verde detrás. Recuerdo cada uno de sus nombres, pero no me animo a repetirlos.

Querían tomarme, pero te interpuse entre ellos y yo, y me desperté. Había ocurrido dentro de un sueño, a través del sueño, pero ocurrido al fin.

Estaba en el comedor de la casa de mamá, y ella me miraba, asustada y seria, mientras le contaba sobre la invocación, sobre los siete demonios menores cuyos nombres no podía repetir pero si me obligaba, podía susurrárselos al oído. No sé si parecía creerme, pero yo no cabía en en mí.

Iba a volver a suceder, esto ya había pasado antes. El sueño, el ritual, la desaparición de una chica al día siguiente. Primero había sido tu amiga, y ahora le tocaba a la nuestra.

Tenía que llamarla, advertirle sobre el peligro. Darle las instrucciones precisas, que ni yo recordaba, para evitar que sufriera el mismo destino: la ausencia.

No lo logré, me desperté antes.

Y ya no están – ni mi mamá, ni nuestra amiga. Quedamos nosotros, lejos y encerrados, acompañados sólo por la desesperación.

 

Instrucciones

La muerte, como casi todo en la vida, es burocrática. Incluye certificados, firmas de médicos, presentaciones de partidas de todo tipo.

El día que te fuiste, quedó en mis manos la tarea titánica de encontrar la libreta de familia. Completamente solo, en tu casa, en tu cuarto, que todavía tenía después de tantos meses tu olor.

Tortuoso revisar ese titán que es tu armario, con el orden que te caracterizaba, pero lleno de cosas. Montañas de fotos viejas y pegadas por la humedad. Ropa por doquier. Regalos que te traje de mis viajes y que estaban guardados en perfecto estado, algunos hasta sin abrir, como si fueran tesoros. Anotadores, cuadernos, portadocumentos, monederos, todos llenos de papeles – cada nota que alguna vez te escribí, cada “te amo”, cada dibujo. Cartas que te escribieron y que escribiste, los horrores de ortografía que tuvo el que, entiendo, fue tu último amor.

Si hay algo más allá de esto, me pregunto si es también igual de burocrático. ¿Hiciste alguna fila mientras esperabas que te dijeran qué es lo que iba a pasar? ¿O simplemente empezaste a volar, como parte del viento?

O quizás fue como nos dijeron en ese entierro del cementerio judío, y en realidad estabas merodeándonos a todos, al menos durante una semana, confundida.

Cada nuevo papel que encontraba profundizaba mi desesperación. Sobre todo cuando encontré tus cuadernitos, donde anotabas tus ideas, y que sólo me animé a leer una frase que decía “Cuando muera sabré quien soy”.

La libreta que necesitábamos para poder seguir con el trámite la terminó ubicando papá, en tu viejo bolso de maternidad. Yo simplemente agarré algunas fotos, tu perfume y tus documentos viejos, para llevármelos conmigo, y no volví a dormir en esa casa.

Ahora no puedo dejar de pensar en una carta que creo que me escribiste cuando era chico, en esa época en la que tuviste que empezar a trabajar. Yo había dejado escrito un “Mami, ¿dónde estás? en algún papel y en mi recuerdo, verdadero o inventado, pero seguro deformado por el tiempo, hay una respuesta extensa, hermosa y dramática, como todas las tuyas.

No sé si existió o si la voy a poder a encontrar, pero en el mientras tanto releo las que me fuiste dejando escritas en un recetario de médico las veces que te quedaste a dormir, esas en las que me recordabas qué víveres comprar y me decías lo lindo que estaba quedando todo.

A veces me pierdo en la fantasía de que en alguno de esos cuadernos que no me atreví a leer me dejaste escritas las instrucciones de cómo seguir ahora que no estás. O que voy a encontrar algún mensaje secreto, palabras de amor y de aliento para cuando menos las espere.

Pero también tengo miedo – de violar tu intimidad, de enterarme de cosas que no debería saber, o de aceptar partes de vos que a todos nos resultaba más fácil ignorar. En realidad, me aterra terminar de agotar lo que venga de vos.

Quizás algún día me anime.