Babé

Hoy hice un guiso de arroz por primera vez, a mi manera. Gran parte de la ansiedad de la cuarentena y el trabajo constante la proceso con la cocina, algo increíble para alguien cuya máxima elaboración siempre fue la sopa crema de zucchini de Paulina Cocina.

Una cebolla picada, medio kilo de carne, un pedazo grande de panceta ahumada, un chorizo colorado, una papa, un cartón de puré de tomates y mucho arroz, demasiado. Quedó delicioso – no fue el de Mamá, pero tengo el invierno salvado.

Aunque Mamá estaba siempre haciendo algo en la cocina, no puede decirse que fuera algo que le gustara demasiado, o en lo que sobresaliera. Pocas cosas le molestaban más que pensar todo el tiempo en qué hacer de comer, y en que yo no aportara ideas. La iniciativa se ve que no es lo mío desde hace rato. Pese a todo, tenía sus ases, que rotaban según los días y las estaciones y que le salían muy bien.

Fue unos días después del golpe de su muerte cuando, mientras me duchaba, caí en la cuenta de que nunca más iba a comer su comida. Nunca más iba a comer platos tan deliciosos como los que me preparaba.

Se fueron las milanesas de peceto finitas, cada vez más finitas porque me gustaban así, con el puré más rico y sin grumos. También el hígado encebollado, del que me hizo fanático, y el asado, eso que sí le encantaba preparar casi todos los domingos en épocas de bonanza.

Adiós a las tortas más ricas que probé y que volvían loca a la gente, que siempre aprovechaba alguna excusa para pedir una de regalo y que yo siempre le pedía rellena con crema de chocolate y dulce de leche para mi cumpleaños.

Y, sobre todo, la mejor tortilla de papas del universo habitado, que sólo necesitaba papas, al menos media docena de huevos y esa sartén chiquita quemada y curadísima de tantos años. La que pedían por favor las visitas improvisadas a mitad de la semana y que dividíamos con precisión matemática, ejercitando las fracciones como nenes de primaria para que toque la porción justa.

Pensar en su comida es recordar no sólo la infancia, sino toda mi vida. Los recuerdos buenos, los neutrales y los que me hacen sentir ahogado, como si estuviera en una tarde de otoño comprando útiles para alguna tarea del colegio antes de tener que ir a la Iglesia.

La desaparición física de alguien al que amamos es uno de los vacíos más grandes que puede experimentar una persona. No son clichés, es la verdad, es lo que se siente en la carne cuando las horas pasan y no se puede dormir de la angustia. Y esa tristeza, inmensa, a veces retrocede como, nuevamente un cliché, la marea – pero siempre vuelve, y con una fuerza inesperada.

Pero a veces, si cierro los ojos y me concentro mucho, es como si tuviera en la punta de la lengua el gusto del huevo de la tortilla babé. Y es casi como una caricia.

 

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