a man/me/then Jim

¿Por qué está tan mal visto el enojo? ¿Es el resabio de la moral cristiana que crió a tanta gente?

El enojo o el rencor son señales de un ser amargado, mezquino. Este discurso está por todas partes, sobre todo en los discursos lavados y homogéneos de todos los gurús de Instagram, en los libros de autoayuda, en las publicaciones de todas las Tías que todavía viven en Facebook.

¿Por qué se espera de nosotros que perdonemos siempre a los que nos ofenden?
Se supone que tenemos que tener la grandiosidad de dejar pasar las cosas, de ser el que diga “Está bien, no pasó nada”, todo en la misma línea del “soltar”, del “comer, rezar, amar” y todas esas frases hechas que no sirven para nada.

Eso es, sencillamente, pura mierda. ¿Por qué no podemos genuinamente sentirnos enojados ante las ofensas del otro?

Y además, en una existencia tan caótica y azarosa como la nuestra, siento en extremo necesario algo de orden. Y será mi razón punitiva, pero espero que a ciertos actos les correspondan ciertas consecuencias.

Cuando lo único que uno tiene es su cuerpo, su mera vida, el acceso simbólico, físico y virtual a él es la única herramienta o instrumento de negociación.

No es nada nuevo, ya lo dijo Jenny Lewis hace 15 años – “You can sleep upon my doorstep, you can promise me indifference, Jim. But my mind is made up and I’ll never let you in again”.

 

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