El Bicho

Todas las salas de terapia intensiva tienen el mismo olor, esa mezcla de pis, alcohol en gel y sudor, y al perfume de las toallitas húmedas que se usan para limpiar a los enfermos. Algunas también tienen ese otro aroma, el de la paulatina decadencia de los cuerpos que esperan por empezar a descomponerse.

Desde antes de las fiestas que todas las semanas fueron casi idénticas, una tras otra, con leves variaciones. Incluso con la misma ropa, para poder meterla dentro del lavarropas una vez que cruzara el umbral de su casa.

El eterno viaje en colectivo o la incomodidad de compartir auto sin temas de conversación más que el estado del tiempo, especialmente hablando del calor.

La espera antes de poder ingresar a la visita – primero en la guardia, luego en una habitación individual, después en la sala comunitaria de terapia intensiva y finalmente en aislamiento de contacto pero de a dos.

El protocolo de lavado de manos, durante al menos 30 segundos frotando bien la palma y el dorso de cada mano, entre los dedos, sobre las uñas, las uñas contra las palmas y refregando los pulgares de una mano con el índice y el pulgar de la otra; todo para secarlas y volver a hacer lo mismo con el alcohol en gel.

La caminata por los pasillos hasta llegar a la cama, que recorría con la mayor velocidad posible pero que parecía interminable y en la que tenía que respirar hondo y despacio con cada paso, porque pensaba que se iba a desmayar a mitad de camino.

El quedarse entre veinte y cuarenta minutos, según cuánta gente viniera después de él, llorando y mirando un cuerpo primero en coma, después en “estado de sorpresa, estupor, desconcierto y asombro”, como dijeron los médicos, contándole la minucia de la semana para poder llenar la habitación de otro sonido que no fuera el de las alarmas constantes de los monitores.

Pero un día, justo cuando decidió no ir para poder descansar, y porque estaba harto de terminar el fin de semana sintiéndose perseguido por las sombras de la enfermedad y la muerte de todos y cada uno de los pacientes de ese hospital, le avisaron que había reaccionado.

Viajó lo más rápido que pudo y cuando llegó, pudo hablarle de nuevo, tratando de entenderle lo que decía con los tubos de plástico pasando por su tráquea. Lloró, pero de alegría, mientras escuchaba cómo le contaba que tenía hambre y sed, que se quería ir a su casa y que le dolía la espalda de estar tanto tiempo en la misma posición.

Hasta que en un momento, haciéndole gestos con la cabeza, le pidió que se acercara y, de una manera increíblemente clara, le preguntó: “¿Vos lo ves? ¿Vos también lo ves? Al bicho, a ese que da vueltas todo el tiempo por acá, al que da vueltas”.

 

a man/me/then Jim

¿Por qué está tan mal visto el enojo? ¿Es el resabio de la moral cristiana que crió a tanta gente?

El enojo o el rencor son señales de un ser amargado, mezquino. Este discurso está por todas partes, sobre todo en los discursos lavados y homogéneos de todos los gurús de Instagram, en los libros de autoayuda, en las publicaciones de todas las Tías que todavía viven en Facebook.

¿Por qué se espera de nosotros que perdonemos siempre a los que nos ofenden?
Se supone que tenemos que tener la grandiosidad de dejar pasar las cosas, de ser el que diga “Está bien, no pasó nada”, todo en la misma línea del “soltar”, del “comer, rezar, amar” y todas esas frases hechas que no sirven para nada.

Eso es, sencillamente, pura mierda. ¿Por qué no podemos genuinamente sentirnos enojados ante las ofensas del otro?

Y además, en una existencia tan caótica y azarosa como la nuestra, siento en extremo necesario algo de orden. Y será mi razón punitiva, pero espero que a ciertos actos les correspondan ciertas consecuencias.

Cuando lo único que uno tiene es su cuerpo, su mera vida, el acceso simbólico, físico y virtual a él es la única herramienta o instrumento de negociación.

No es nada nuevo, ya lo dijo Jenny Lewis hace 15 años – “You can sleep upon my doorstep, you can promise me indifference, Jim. But my mind is made up and I’ll never let you in again”.

 

keep it healthy

A la madrugada no me podía dormir y puse una playlist de Warpaint.

Y me puse a pensar en la última vez que te quedaste en casa, con tu perfume nuevo que me quedó un par de días.

Y en cómo estará tu tatuaje de “So good”.

Y en esa tarde en que hicimos fila por horas para conseguir las entradas.

Y en Del Shannon de fondo con un tubo de nebulizador.

Y en la miel del campo y la sal del mar.

Y en que nunca nos llegaron los discos con las polaroids autografiadas.

Y en cómo cantabas “Come on baby” en lugar de “Be my lover”.

Y en los dos saquitos de matecocido con vainilla, miel y azúcar dietética.

Y en los videos que grabamos con la webcam que me regalaste.

Y en cómo te gustaba cancelar los planes cuando llovía, siempre con la excusa de que se te inundaba la cuadra.

Y en la última vez que fui a verlas, sin vos, porque llovía, y en lo mal que la pasé.

Y en que habrías sido el amor de mi vida si hubieran sido otras las circunstancias, pero por suerte fuiste mi persona.

Y en que es casi como si yo fuera el último miembro de una cultura al borde de la extinción, el último en hablar nuestro idioma.

Y en tu cara desfigurada, que nunca vi pero no puedo dejar de imaginarla.