Una flecha que está en el aire está detenida.

Durante un par de veranos, cuando tenía que rendir inglés, mi prima vino a mi casa para que le diera clases particulares. 

Soy la persona menos pedagógica del mundo, pero de alguna forma nos hacíamos entender y, entre risas, almuerzos y mucho esfuerzo, siempre salía victoriosa. 

Para agradecerme, aunque yo no quisiera nada, mi tía me regalaba el libro que yo quisiera.

Siempre me regaló libros, desde esa Navidad hace tantos años que se apareció con La Piedra Filosofal y despertó a un pequeño monstruito. 

Un verano le pedí el último que se había editado en español de Murakami, El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas. 

Lo recuerdo complejo en extremo para mi cabeza de diecisiete años, y a veces pienso que me gustaría volver a leerlo para ver qué impresión me causa ahora.

Lo que me quedó grabado, y a lo que vuelvo muy seguido, es un pasaje sobre la muerte. 

“Recuerde la vieja paradoja de la flecha que vuela. Aquello de: «Una flecha que está en el aire está detenida», es decir, que una flecha lanzada al aire en realidad está en reposo. Pues bien, la muerte del cuerpo físico es “la flecha en el aire. Vuela en línea recta apuntando a su cerebro. Nadie puede escapar a eso. Un día u otro, todas las personas mueren y su cuerpo desaparece. El tiempo hace avanzar la flecha hacia delante. Sin embargo, tal como he dicho, el pensamiento puede seguir fraccionando y fraccionando el tiempo hasta el infinito. La flecha jamás dará en el blanco”.

Cuando me despierto aterrorizado en el medio de la noche y no puedo volver a dormir, vuelvo a Murakami. 

Me obligo a pensar y la flecha queda suspendida, el tiempo se fracciona. Así como hay tantos no lugares, las madrugadas deben de ser no tiempo. Y parecen bellísimamente eternas.

Pero termina saliendo el Sol, el reloj vuelve a girar y todo retoma su curso. 

 

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