Porque donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.

Cuando mi papá se enteró que nos habían encontrado a un amiguito y a mí a los besos, empezó a obligarme a que lo acompañara a la Iglesia todos los domingos por la tarde.

No recuerdo mi edad, pero sé que no fue no era la primera vez que pasó. Tengo algunos flashes de chicos más grandes en canchas de fútbol que entre intento e intento de que yo jugara a la pelota terminaban haciendo que los manoseara a escondidas. No pienso seguido en esto, lo tengo bien reprimido. Cuando me viene a la mente, me pregunto si no me lo inventé.

Siempre sentí mucha vergüenza de haber experimentado eso siendo tan chico, de lo que consideré la precocidad de mis acciones. Y aunque haya leído incontables veces sobre lo habitual que es que las infancias hagan este tipo de cosas, no me puedo sacar de encima el sentimiento de haber cometido un error.

Puedo sentir vívidamente todavía el terror que sentí en todo el cuerpo cuando, siendo un nene, me encaró la madre de mi amigo. En mi cabeza repetía una y otra vez la frase “Me van a castigar hasta la universidad”, seguramente escuchada en algún programa de televisión.

La obligación de acompañar a mi padre todos los domingos duró varios años. Y no importaron las súplicas, ni las tardes de verano en las que me tenían que sacar arrastrando de la pileta en la que se quedaban mis primas jugando mientras yo me iba a sufrir. Y siempre, ante cada ruego, llegaba su frase: “Vos sabés por qué estás yendo”.

Sinceramente, no sé qué resistencia ponía mi mamá a todo esto. No sé si discutía con mi papá o si pasivamente aceptaba lo que pasaba. Sólo tengo dos recuerdos: que me decía que dejara toda la tarea para el domingo a la tarde, para ver si él se apiadaba y me podía quedar con ella, que no iba bajo ningún punto de vista; y que esa primera noche, después de que mi padre me humillara en el coche por haberme dado unos besos con el que había sido mi mejor amigo de toda la infancia, me abrazó mientras yo lloraba y me dijo que cuando fuera grande iba a poder elegir qué quería hacer y que cuando llegara el momento, me podrían gustar las mujeres o los hombres, y que iba a estar bien.

Más allá de la constante amenaza de ir al Infierno, de los cuentos sobre la Jerusalén de oro y la batalla contra el enemigo que habitaba el “Mundo” que estaba al pasar el atrio que decoraba esa iglesia venida a menos de Florencio Varela, el mundo pentecostal tuvo sus personajes interesantes.

Me pregunto por algunos de ellos en los momentos más insólitos, como cuando estoy viajando en el subte o incluso cuando estoy cometiendo ese, el peor de los pecados.

¿Qué será de la vida del hermano Efraín, que leía el versículo que más me gustaba durante la Santa Cena? ¿O del Pastor Abel, uno de los tantos hijos del Reverendo, al que le encantaba sentarme en su falda y tocarme la pierna cuando me enseñaba órgano los sábados por la mañana?

¿O de Isabel, que hacía lo que quería y no tenía reparos en hablar de las hipocresías de los otros, como del “chupaculos de Efraín”, y a la que no le importaban las reglas y armaba el árbol de Navidad todos los diciembres, pese a lo que vomitaba sobre falsos ídolos ese señor desde el púlpito, ese que había amasado una fortuna entre colegios privados y limosnas de gente rozando la línea de pobreza?

Probablemente ya esté muerta. Perdí su rastro cuando tenía entre once y doce años, no puedo precisarlo. Sé que no había llegado a los trece, porque esa era la edad del Bautismo, en la pileta de la quinta gigantesca del Reverendo. Y yo, gracias a lo que sea que haya en el Universo, nunca llegué a bautizarme.

Casi llegando a tener que celebrar esa ceremonia que tanto me aterrorizaba, Papá empezó a dejar que no fuera. ¡No cabía en mí de la felicidad! Creía que estaba comenzando a entenderme, a respetar lo que yo quería. Pero, una vez más, me equivocaba.

Porque todas las veces que yo no fui, él tampoco. Nos enteramos cuando llamaron por teléfono a casa de la congregación, preguntando si le había pasado algo al Hermano Javier, el diácono que ya no se presentaba en los servicios dominicales.

Y es que el Hermano Javier se iba, pero a rezarle a otros dioses, con cara de mujer. De niña, casi.

Nunca sentí rencor ni nada parecido por esa chica, la que tenía casi la misma edad que la mayor de sus sobrinas, porque fue la terminó por liberarnos de tantas cosas.

Pero a él, pese a las enmiendas, y al llanto, y a los “te amo” producto del alcohol, sí. Todavía sí. Porque sólo Dios sabe qué clase de hombre sería yo hoy de haberme ahorrado tanto sufrimiento.

 

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