Los fantasmas no saben de límites.

Hace unos días volví a seguir en Instagram a dos ilustradores que me gustaban mucho. Hablan mucho sobre salud mental y todos los mambos que tienen, que son bastante parecidos a los míos.

Ellos fueron pareja hasta el año pasado, no sabía que habían cortado. Encontré bastante terapéutico leer las viñetas en las que volcaron lo que sintieron los meses posteriores a su separación.

Me encantaría tener la habilidad de comunicar en cuatro frases todo lo que me está pasando, poder vomitarlo y que eso me ayude un poco.

Tomé la decisión de enfrentarme a lo que tenía escondido debajo de la cama y pude empezar a darle forma, ponerlo en palabras. Le di un destinatario, hasta obtuve una respuesta.

Por primera vez en mucho tiempo, pasé horas y horas llorando. Creo que me siento mejor, hice un poco de espacio en mi cabeza.

 

Por tanto, si se enfoca a la salud, la música influye positivamente a grandes rasgos.

Aunque las experiencias sean universales, me sigue volando la cabeza que las cosas que quiero decir ya las hayan escrito antes, casi siempre en forma de canción.

Ya no sirve postear videos en Facebook, sólo lo miran las señoras. Y compartir en las historias de Instagram lo que estás escuchando no tiene impacto. Me haría una cuenta de Twitter pura y exclusivamente para publicar fragmentos.

Ojalá se usara todavía el Fotolog y pudiera publicarlas como epígrafes de fotos buscadas en Google, o dedicar indirectas a través del subnick del MSN. Quizás lo que quiero en realidad es volver a ser adolescente.

Y mientras tanto, volví a disfrutar de Lorde.

¿Notaron que la gran mayoría de las canciones son sobre (des)amor? No hay respiro.