Escribir un diario tiene sorprendentes beneficios: controlar la ansiedad, aumentar la inteligencia y hasta cambiar la morfología del cerebro.

Hace tiempo que dejé de escribir todos los días porque no tengo ganas del cara a cara con lo que me pasa.

Leí todos esos artículos de autoayuda sobre lo curativo que es el journaling, pero para mí sería perpetuar esa narrativa lastimosa de la que estoy empezando a salir.

Yo también traté de usar los borradores del mail, pero la fantasía del destinatario lo volvió complicado. Las cartas a todas las personas que ya no tengo las escribo todos los días en mi cabeza, no necesito bajarlas.

Quiero terminar algo que empecé sobre un vecino que me pone muy nervioso, pero no se me ocurre cómo cerrarlo.

Es que me estoy emocionando bastante con cosas como canciones de Chano o Natalie Pérez, no esperaría mucho de mí.

 

Junto con la ira, la frustración es una de las emociones humanas más comunes

A menudo me dan ganas de googlear “¿Cómo lidiar con la frustración?”, para ver si algún artículo de revista “de minita” o el blog de algún gurú del mundo de la autoayuda me pueden guiar un poco.


Los domingos al atardecer es cuando más ganas tengo. El recuento de fracasos empieza de forma automática y no hay forma de apagarlo.

Noté con el tiempo que es en esa franja horaria, la que se traslada conforme las estaciones, cuando todas las fantasías se caen.

Hablando de fantasías, lo último que me hizo sentir mal fue que alguien que me gusta no me respondió una historia de Instagram. ¡Cuánta fragilidad!