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Creo que empezó hace unos once años, cuando todos los que habían estado compartiendo todo el día y toda la noche conmigo se fueron de mi casa y me empecé a preguntar si finalmente habían podido ponerse a hablar mal de mí.

Sospechaba que se encontraban sin avisarme, que obviaban contarme cosas para no hacerme sentir mal y que cada encuentro conmigo era más bien forzado.

Haberme creído una de las personas más inteligentes del mundo por tanto tiempo no ayudaba, por supuesto, porque era obvio que yo tenía razón. Algunas veces sí estuve en lo cierto – ay, era tan fácil leer el lenguaje corporal e interpretar las elipsis, estaba todo en lo que no decían, en cómo no decían lo que no querían decir.

Me sigue costando relacionarme y abrirme, por esto y por todas las demás cosas, pero creo que no me persigo tanto con estas cosas. A veces me agarra una leve sospecha, esa que llaman corazonada, pero trato de no hacerle caso.

La última vez que me puse realmente mal fue cuando me enteré que en el trabajo tenían un grupo de whatsapp paralelo sin nosotros en el que decían mierdas. También cuando no recibí formalmente la invitación a un cumpleaños y me quedé en mi casa escuchando música triste pensando que nadie me quería, aunque esa se me pasó más rápido.

Trato de ponerle onda, pero nunca me siento tan solo como inmediatamente después de haber pasado un buen momento con alguien.

 

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