Escenas familiares

Esta noche durante la cena, mamá se puso a hablar de muebles. Precisamente, del tipo de muebles que no le gustan, los “muebles esos de antes”. Yo no entendí de qué hablaba, y me empezó a nombrar las cosas que tenía en su casa cuando era chica. Los sillones con las patas como las heladeras vintage que venden ahora o los respaldos de la cama rojos, con cuerina.

Pensando en los muebles recordó la infancia de mi tío, que nunca pudo tener un cuarto propio. Cuando el abuelo Aldo murió, durmieron todos juntos en la misma cama matrimonial, porque no se atrevían a separarse. Y después, mientras crecía, compartió el cuarto con su mamá, hasta que las dos hermanas más grandes dejaron el hogar.

La tía Susy lo hizo primero, a los quince o por ahí, después de conocer a un novio por el centro. Susana trabajaba desde chica, cuando tuvo que dejar el primer año del secundario para hacerse cargo junto a su mamá del quiosco familiar, cuando Aldo ya estaba enfermo y postrado. Después de atenderlo con su mamá, lo hizo con otro mayor, que iba cambiando. Y después vino el desalojo, pero pudo seguir laburando por la zona. Siempre por la misma zona, Tucumán y Maipú.

Mamá dejó la casa mucho más grande, cuando se mudó con papá. No lo hicieron cuando se casaron, porque se separaron a las semanas cuando lo encontró, nuevamente, acostado con la chica que ayudaba a limpiar. Creo que lo hizo recién cuando yo tuve un año, después de esos tres o cuatro años separados y de bastante tiempo buscando el embarazo.

Recién ahí el tío pudo mudarse al cuarto que había sido de sus hermanas. Yo lo conocí así, lo recuerdo con sus ventanas llenas de calcomanías. Prefería el cuarto de la Abue, que tenía dos camas y un placard lleno de zapatos que me podía probar, aunque a veces se enojaran conmigo.

Tengo muchos recuerdos de mi abuela. Me acuerdo de todas las veces que me fue a buscar al jardín, de las veces que me hizo la comida al mediodía (se me viene a la mente, muy fresco, fideos moñito con queso rallado), de algunas de sus amigas, de los paseos por el barrio y de juguetes que me regaló. Puedo sentir todavía la alegría que tuve cuando me dio un set de Doctor y creo que hasta un muñeco de Dragon Ball, aunque quizás eso haya pasado después y se me mezclen las cosas.

No me puedo acordar de su voz. Trato y trato, pero no puedo. En algún armario hay muchas cintas de los videos que mamá filmó con una filmadora de lo más moderna para esa época, de esos casettes que son más pequeños y se ponen en un VHS que sirve de adaptador. Si las llevara a digitalizar, podría ver algún video en el que se escuchara a la abuela Fanny, pero nunca lo hice.

Lo que sí no me voy a poder olvidar nunca es de la última tarde que pasé con ella. Enero, pleno verano. Todos sus nietos estábamos compartiendo en su casa una tarde de pileta.  En un momento, con mis seis años cumplidos hacía días, me senté en uno de los sillones de caña de su living y me puse a mirar fijamente en una mancha negra que había quedado en la pared, producto del incendio de unos cables un tiempo atrás. Ahí, mirando la pared, pensé “¿Qué pasa si la abuela se muere?”.

¿Qué noción podría tener un nene de 5 años sobre la muerte? Nada más que haber tenido que sacrificar a Auca, una perra hermosa que vivía con la abuela, y la idea vaga de que algún día todos nos iríamos al cielo.
Esa tarde, después de saludarnos todos y emprender el camino a casa, mi prima Jana le pidió al papá, o a quien fuera que manejara su auto, que parara y se bajó para darle otro beso a Fanny.

A la mañana siguiente me desperté en la cama de mis papás. La memoria puede engañarme, pero recuerdo que había más gente. Alguien me dijo que la abuela se había ido al cielo. Tengo grabadas algunas escenas de ese día, que pasamos en su casa, rodeados de familiares, amigos y desconocidos. Me acuerdo de haber ido a comprar galletitas al almacén, cuando todavía las sacaban de una lata grande. Me acuerdo de las caras largas y de no entender mucho lo que estaba pasando. Y más que nada, del llanto de mis primas cuando me preguntaron “¿No entendés nada? La abuela no va a volver nunca más”.

Supongo que es por esto que le tengo mucho miedo a los presentimientos. Que es lo mismo que decir que la ansiedad en general me pone muy mal, porque todo es un “¿Y qué pasa si…?”. Y la mayor parte del tiempo no distinguís una corazonada o el instinto, si es que existen, de la máquina que tenés en la cabeza y no para de girar. Y se retroalimenta. Y así estamos.

Desde que murió mi abuela que le tengo terror a morir. Creciendo, me despertaba por las noches aterrorizado, aunque podía calmar el miedo pensando que en algún momento iba a poder “inventar” la inmortalidad. Después de todo, no por nada era la persona más inteligente que conocía.

Lo que no podía controlar era la posibilidad de que mis padres se murieran en cualquier momento. Bueno, Mamá. La idea de que ya no esté conmigo me destroza desde siempre, como cuando años después me agarraba terror cuando a tiempo al colegio cuando terminaban las clases y tenía que esperar sentado solo en ese banco al lado de la secretaría, pensando que me había abandonado.

Esta noche se me empezaron a caer las lágrimas mientras me contaba con nostalgia de su infancia, de su gente. Pasé tanto tiempo mirándome a mí mismo, creciendo, que no me di cuenta que el tiempo también pasó para ella. Es imposible no pensar en todo lo que vivió y en qué le queda por delante. ¿Será feliz? ¿Lo habrá sido en algún momento? Me angustia la sospecha de que tal vez no, quizás por algunos momentos.

Como puedo, estoy intentando mejorar. Trato de no enojarme, ni discutir, ni de gritar, al menos no por cosas que no valen la pena. Intento ayudar más, al menos en la medida en que me deja. No dejo pasar un día sin decirle que la amo y trato de abrazarla en cada oportunidad que tengo.

No quiero que cuando llegue el momento, ojalá dentro de mucho tiempo, varias décadas si es posible, me arrepienta de no haber disfrutado nuestro tiempo juntos al máximo. Sé que va a pasar de todas maneras, pero tengo que hacer todo lo que esté a mi alcance para que duela un poco menos.