Mate cocido

La primera vez que probé el mate cocido para niños con vainilla y miel fue en la casa de Daiana. Estábamos en el segundo año de secundaria, si no me equivoco, y desayunábamos antes de ir a clases.
Recuerdo que ella lo hacía con dos saquitos, para darle más sabor, le ponía leche y lo endulzaba con azúcar light, esa que, al menos en mi memoria, tiene un color verdoso.

Encontrarnos en su casa antes de ir entrar al colegio se volvió parte de la rutina. Lo hacíamos al menos una vez por semana. Algunas veces incluía planes más elaborados, como ir a las ocho de la mañana al Walmart más cercano a comprar donuts. O, lo que pasó en varias oportunidades, terminar faltando al colegio y yendo al supermercado chino que queda a dos cuadras de su casa a comprar productos congelados para comer escuchando música y grabando videos graciosos, como ese en el que bailábamos algo y alguno tenía la máscara y el tubo del nebulizador a modo de micrófono.

Para mí, la experiencia de compartir con otros las mañanas, con casi la misma dependencia que los fieles tienen al ir a misa, era nueva. Hasta ese momento, mi vida en amistad pasaba fuera de las puertas del colegio, cuando terminaba la jornada y podía escaparme al centro a recorrer las calles del Microcentro y de Caballito, Flores y Floresta con las mismas personas de siempre.

Pero no todas las mañanas eran iguales. Ya sea por elecciones personales o por los avatares de la vida académica, esa que hace que los chicos y las chicas tengan clases de educación física en días y horarios diferentes, Daiana pasaba más mañanas en la compañía de otra persona. Mi ritual no se celebraba con la regularidad que a mí me hubiese gustado, sin importar la cantidad de faltas que empleara para que eso pasara. Y fueron muchas, tantas que todavía sueño al menos una vez por mes que jamás terminé el secundario por no haber ido nunca a Educación Física.

Confieso, aunque creo que es más que evidente, que envidiaba cada minuto extra que ellas pasaban juntas sin mi compañía. Los celos y la paranoia son características que me definen en muchos aspectos, más de los que estoy dispuesto a admitir. El tiempo me devolvería ese tiempo no compartido con muchísimos intereses, con exclusividad.

Los años fueron pasando y las costumbres, cambiando. Ya no nos juntamos varias veces a la semana a desayunar, pero hay días en los que viajamos juntos en colectivo al trabajo. No lo hacemos para ir al colegio, pero sí para empacharnos con comida o para recorrer la noche juntos. Incluso para salir juntos del país, sin la supervisión de ningún otro adulto.

El mate cocido para niños con vainilla y miel, ya sin Ben 10 en la caja, ahora con Phineas y Ferb, sigue siendo parte de nuestros encuentros. A veces lo reemplazamos por té con leche, por mi acidez. Otras, por un vinito o una sidrita, depende de lo festivos que estemos. Lo que nunca falta es la complicidad.

 

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