Largo plazo

Empezó como empieza todo, con la incertidumbre. Trabajando en un campo que es extremadamente volátil y en el que se sabe que absolutamente todo es transitorio y cuya duración máxima garantizada en todo momento es de cuatro años siendo optimista, empecé a ver el largo plazo como algo casi inexistente. Era muchísimo más sencillo pensar en la tarea por cumplir que tratar de armar cualquier tipo de proyecto que involucrara tener que pensar que esto, como todo, eventualmente terminaría y me encontraría sin herramientas para hacerme valer por mí mismo.

Actualmente, y probablemente tenga que ver con el hecho de que el mayor interrogante que pasa por mi cabeza, las veinticuatro horas del día y los siete días de la semana, es si los dolores que siento tienen detrás algún tipo de enfermedad que me va a consumir antes de poder ver el fruto de cualquier tipo de esfuerzo realizado en mis cortos 24 años de vida, eso se convirtió en una incapacidad de poder planificar de cara hacia el futuro.

Cuando intento pensar en el largo plazo, no siento ese miedo que sentía hasta hace poco. Ahora, realmente, no puedo pensar en nada. Si me obligan a considerar dónde podría llegar a estar yo dentro de unos años, no veo nada. Suena horrible, y puedo atestiguar que en muchas oportunidades así es cómo se vive, pero no puedo proyectarme.

Hace unos meses tuvimos una jornada de trabajo en equipo que incluyó a un coach ontológico. Entre tantas estupideces que tuvimos que hacer, como hablar sobre nuestros sentimientos y presentarnos ante gente que todos conocíamos por compartir alrededor de 12 horas diarias en el mismo edificio, uno de los ejercicios consistió en describirle a la persona que tenías enfrente el propósito de tu vida y tus motivaciones para lograrlo.

Fue un momento bastante incómodo para mí, no sólo porque la persona con la que tuve que hacer el ejercicio fue mi superior jerárquico directo, sino porque me di cuenta de que seguía sin encontrar qué era aquello para lo que se suponía que estaba en el mundo. Eso que hacía que todo el esfuerzo, el sufrimiento y los sacrificios valieran la pena. Sí, el servicio público me gustaba, era parte de lo que quería, pero no sabía si realmente había encontrado “mi misión”. Si es que eso realmente existe, claro, y no es otra mentira más, de esas que se inventaron para hacerte sentir un poco mejor mientras lo das todo por nada, junto con los hobbies como el lettering o la encuadernación o la muñequería country.

Lo que atiné a decir fue, y lo recuerdo textualmente porque se convirtió en una suerte de mantra con la cual excusarme y mentirme un poco, “Quiero tratar de pasar mi tiempo acá lo mejor posible, sin molestar a nadie, y ayudando cómo pueda en lo que pueda”.

Si me preguntaran lo mismo hoy, apenas algunos meses después, sólo podría contestar “Que termine el día, para llegar a casa y conciliar el sueño, ese hermoso momento en el que no hay dolor”.

 

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