Juntos

Mi madre y yo no pasamos mucho tiempo juntos. No tenemos muchos intereses en común, como debe de pasar con una gran mayoría de las relaciones entre madres e hijos, y el mayor momento en el que intercambiamos palabras es cuando llego del trabajo y cuando cenamos juntos.
Bueno, “juntos”, porque yo como muy rápido (lo que la pone nerviosa) y ella se toma su tiempo, ya que la comida “cae mal y no se disfruta”.

Mi tiempo máximo de sobremesa una vez que termino mi plato es de aproximadamente unos cinco minutos. No tiene nada que ver con el aburrimiento, sino con el cansancio. No voy a negar que me tienta más la idea de estar mirando una serie o leyendo un libro que quedarme sentado mirando hacia la nada, pero la realidad es que inmediatamente después de cenar siento todo el cansancio del día sobre los hombros y simplemente quiero irme a la cama con mi almohadilla térmica natural (de esas que están rellenas de semillas y huelen a lavanda cuando las calentás en el microondas, preferentemente por un minuto y veinte segundos) y un té de tilo, manzanilla y cedrón como placebo para intentar calmar mi ansiedad.

Cada vez que termino de comer, ella dice lo mismo. “Andá, Nan. Yo me quedo comiendo”. Y me parte el alma y me llena de culpa, porque me parece muy triste que tenga que comer sola después de haber preparado todo eso para los dos. Todavía me aprovecho del dividendo patriarcal en lo que se refiere a las labores domésticas. Es horrible, pero lo admito. A veces intento hacer algo al respecto, pero muchas veces queda como una expresión de deseo, pues no me termino de comprometer y a ella tampoco “le gusta” que lo haga.

Mamá me justifica diciendo que nosotros somos así. Que soy introvertido, que prefiero estar solo y que cada uno tiene su espacio. Le gusta terminar de comer tranquila mirando la novela, revisando Facebook o jugando con su tablet a uno de esas aplicaciones en las que tenés que reventar bolitas u ordenar los bloques de colores para que desaparezcan.

A veces me cuenta cosas que le pasaron durante el día y yo le contesto mal. No necesariamente porque no me interese lo que me está contando, sino porque finalmente entendí a qué se refería ella cuando de chico me contaba que a la noche los mayores ya no tenían ganas de pensar.

Estuve yendo mucho al hospital en estas últimas semanas. Siempre de la misma manera – estoy en casa sintiéndome mal, me agarra ansiedad porque creo que me estoy muriendo, madre se pone nerviosa, me pregunta qué quiero hacer, le dijo que no sé y terminamos en la guardia del hospital, donde nunca es nada grave, donde me mandan a ver a especialistas por si las dudas y de donde salgo con más dudas que certezas y con mayores sospechas sobre lo inevitable que es el final de este recorrido.

Yo aprovecho los momentos muertos en la sala de espera o en algún café para hablar con ella como antes, de cualquier cosa, como cuando era chico. Aprovecho para contarle cosas sobre mí que creo que quizás no sabe, porque nunca se las conté. Trivialidades, pero que supongo dicen mucho de mí. Como lo mucho que me gustan los lugares abiertos toda la noche, como la cafetería de una estación de servicio o de un hospital, porque parece que el tiempo no pasa. O lo identificado que me sentí cuando en una serie dijeron que los bebés nos recuerdan nuestra propia mortalidad, porque eso es lo que inevitablemente siento cuando estoy con alguno, incluso con los que más quiero.

Mamá sólo se ríe y me recuerda lo loco que estoy, lo mucho que tengo por delante y los proyectos que me faltan cumplir. Sólo cuando estoy con ella en esas situaciones me permito imaginarme cómo voy a ser cuando sea más grande. O dónde me gustaría mudarme “en cuanto antes”. Le hago prometer que tiene que vivir hasta por lo menos los 90 años, que es lo mínimo que creo que la voy a necesitar. Tanto ella como yo sabemos qué tan probable es eso, al menos en el estado actual de las cosas, pero espero que haga(mos) un esfuerzo.

Ya me dijo en más de una oportunidad que está un poco cansada de que las visitas al hospital sean la forma en la que pasamos más tiempo juntos. Me comprometo a intentarlo.

 

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