keep it healthy

A la madrugada no me podía dormir y puse una playlist de Warpaint.

Y me puse a pensar en la última vez que te quedaste en casa, con tu perfume nuevo que me quedó un par de días.

Y en cómo estará tu tatuaje de “So good”.

Y en esa tarde en que hicimos fila por horas para conseguir las entradas.

Y en Del Shannon de fondo con un tubo de nebulizador.

Y en la miel del campo y la sal del mar.

Y en que nunca nos llegaron los discos con las polaroids autografiadas.

Y en cómo cantabas “Come on baby” en lugar de “Be my lover”.

Y en los dos saquitos de matecocido con vainilla, miel y azúcar dietética.

Y en los videos que grabamos con la webcam que me regalaste.

Y en cómo te gustaba cancelar los planes cuando llovía, siempre con la excusa de que se te inundaba la cuadra.

Y en la última vez que fui a verlas, sin vos, porque llovía, y en lo mal que la pasé.

Y en que habrías sido el amor de mi vida si hubieran sido otras las circunstancias, pero por suerte fuiste mi persona.

Y en que es casi como si yo fuera el último miembro de una cultura al borde de la extinción, el último en hablar nuestro idioma.

Y en tu cara desfigurada, que nunca vi pero no puedo dejar de imaginarla.

 

Si te mantienes cerca de su campo de energía, estarás protegida.

Hoy estuve a punto de cancelar terapia a último momento, pero mi analista me ganó de mano y me dijo que hoy no podía ir al consultorio. Mejor, porque no tenía ganas de ir y no tuve que pagarle la consulta. Una pequeña victoria para mí.

Es que nuestra última sesión no estuvo tan buena. Bueno, en realidad se supone que sí, pero a mí me dejó muy mal. Me dijo que sigo muy enojado y que te tengo todo el tiempo presente, que cualquier cosa me hace hablar de vos y que tengo que dejarte ir un poco, para que las cosas empiecen a acomodarse. Imaginarme eso volvió a partirme a la mitad.

Pocas veces sentí tanto dolor como cuando me enteré que te fuiste. En ese preciso momento, una parte de la experiencia humana se me terminó para siempre, de una manera tan repentina, tan salvaje, tan injusta.

Como con tantas otras pérdidas, que no se asemejan en absoluto a esto, no son ni un gramo de arena en el Sahara en comparación, evité escribir para guardar un poco la compostura.

Pero en mi cabeza ya escribí nuestras memorias. Tengo el índice y los títulos de cada uno de los capítulos, con cada una de las anécdotas que me ayuda a darle un poco de forma al ser maravilloso que fuiste y que fui por vos, que fuimos juntos.

Lo pensé como mi libro favorito, del que te hablé varias veces, el de Mary-Louise Parker y las cartas que escribió a los hombres de su vida en parte como agradecimiento y en parte como excusa para narrar su vida.

Son decenas y decenas de cartas que te escribo y en las que te vuelvo a contar todo lo que vos ya sabés, pero que necesito que todo el mundo sepa. Que todos se enteren de la calidad del ser humano con el que alguna vez tuvieron el privilegio de compartir el mundo, y el que me ayudó en gran parte a ser quién soy.

Ay, si supieras todo lo que hice este mes invocando tu nombre, los desastres que protagonicé. Toda esta situación no ayudó para nada con mi carácter impulsivo/compulsivo y empecé a llenar con todo lo que pude el agujero del tamaño de mi alma que quedó en el medio de mi pecho desde esa mañana. Hasta un altar te hice, porque eras mi médium vidente y porque Kim Russo estaría orgullosa de nosotros.

Sos mi persona, atravesás cada aspecto de mi vida y te me aparecés en todo lo que hago. ¿Cómo pretende esa mujer que no te llame en cada oportunidad que tengo, si te voy a extrañar toda la vida?

 

Una flecha que está en el aire está detenida.

Durante un par de veranos, cuando tenía que rendir inglés, mi prima vino a mi casa para que le diera clases particulares. 

Soy la persona menos pedagógica del mundo, pero de alguna forma nos hacíamos entender y, entre risas, almuerzos y mucho esfuerzo, siempre salía victoriosa. 

Para agradecerme, aunque yo no quisiera nada, mi tía me regalaba el libro que yo quisiera.

Siempre me regaló libros, desde esa Navidad hace tantos años que se apareció con La Piedra Filosofal y despertó a un pequeño monstruito. 

Un verano le pedí el último que se había editado en español de Murakami, El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas. 

Lo recuerdo complejo en extremo para mi cabeza de diecisiete años, y a veces pienso que me gustaría volver a leerlo para ver qué impresión me causa ahora.

Lo que me quedó grabado, y a lo que vuelvo muy seguido, es un pasaje sobre la muerte. 

“Recuerde la vieja paradoja de la flecha que vuela. Aquello de: «Una flecha que está en el aire está detenida», es decir, que una flecha lanzada al aire en realidad está en reposo. Pues bien, la muerte del cuerpo físico es “la flecha en el aire. Vuela en línea recta apuntando a su cerebro. Nadie puede escapar a eso. Un día u otro, todas las personas mueren y su cuerpo desaparece. El tiempo hace avanzar la flecha hacia delante. Sin embargo, tal como he dicho, el pensamiento puede seguir fraccionando y fraccionando el tiempo hasta el infinito. La flecha jamás dará en el blanco”.

Cuando me despierto aterrorizado en el medio de la noche y no puedo volver a dormir, vuelvo a Murakami. 

Me obligo a pensar y la flecha queda suspendida, el tiempo se fracciona. Así como hay tantos no lugares, las madrugadas deben de ser no tiempo. Y parecen bellísimamente eternas.

Pero termina saliendo el Sol, el reloj vuelve a girar y todo retoma su curso.