máquina que transmite energía para generar la presión necesaria con la que se mantiene un flujo continuo de aire

En sus últimos años, salvo en los días de frío extremo del invierno, Mamá dormía con un ventilador prendido. Era uno de pie, tamaño industrial y que había comprado “en pagos” en un comercio del barrio, de esos que tienen un nombre de verdad pero todos los conocen como “El Tano” o algún apodo de esos, después de mucha insistencia de nuestra familia.

Todas las noches, a veces incluso usando un pijama de polar, prendía esa turbina gigante en su velocidad más baja y lo ponía en modo oscilador, para que girara y no le de directamente al cuerpo. Su excusa era que la ayudaba a respirar mejor.

El deterioro de Mamá fue tan paulatino que no me di cuenta. Tal vez, siendo honesto, nunca quise hacerlo. Es que todo siempre formó parte de la normalidad – su eterna tos, sus tres atados por día, las marcas de quemaduras por cigarrillos olvidados arriba de los muebles.

Pero la realidad es que todo empeoró después del infarto, hace seis años. La declive se materializó íntegramente ese día, cuando después de una semana de tener un fuerte dolor de estómago terminó en el hospital y le dijeron “Señora, usted se tiene que quedar acá, tuvo un episodio cardíaco”.

Como el aleteo de una mariposa, o cualquier otra “figura retórica de pensamiento por medio de la cual una realidad o concepto se expresan por medio de una realidad o concepto diferentes con los que lo representado guarda cierta relación de semejanza”, se puso en marcha la serie final de acontecimientos que culminarían en su muerte, la que empezó a los doce años cuando, ya siendo diabética, fumó su primer cigarrillo.

Yo empecé a trabajar, primero de pasante, luego de asistente administrativo, finalmente de esclavo con puesto jerárquico. Ella dejó de trabajar por un tiempo y de fumar por un mes, iniciativa que duró menos que el uso de la sal reducida en sodio de Cormillot en los almuerzos y cenas en casa.

En algún momento quiso dar señales de que “quería” mejorar. Retomó terapia, con un equipo de psicólogos, psiquiátras y trabajadores sociales, que la verdad no sé muy bien qué clase de trabajo harían pero no está en mí juzgar la experiencia de profesionales de la salud.

Incluso fue a los mejores hospitales públicos en materia del sistema respiratorio, siempre gracias al conocido de un conocido que tenía algún puestito o favor que cobrar, y estuvo en grupos de autoayuda y contención, de gente que se juntaba muy temprano a hablar de lo difícil que era dejar de fumar y a hacer ejercicios de rehabilitación pulmonar. Los dejó a la semana, porque decía que empeoraban sus síntomas, su falta de aire al simplemente moverse por la casa. Obviaba, o elegía hacerlo, que siempre antes de mejorar hay que empeorar un poco, o mucho, como lo dicen los prospectos de las cremas para el acné, o como cuando tienen que romper un hueso para acomodarlo y que crezca, más fuerte, en el lugar que corresponde.

Lo que menos se imaginó el año pasado, tres perder su trabajo en el consultorio de un médico por su estado deplorable de salud y por el miedo del profesional a que se contagiara algo de un niñito enfermo corriendo y escupiendo todo en la sala de espera y se muriera arriba del escritorio improvisado que tenía en la cocina del consultorio, es que por una internación de más de un mes por úlceras en las piernas terminaría atada a un tanque de oxígeno y a un respirador para dormir por la noche.

Ese aparato ruidoso, el que me ponía incómodo y usaba internamente de excusa para no pasar la noche en su casa cuando la iba a visitar, mejoró un poco su calidad de vida. El ventilador, salvo para las noches de calor, pudo descansar.

Pero no pudo vivir muchas, porque en diciembre llegó el calor, llegaron los sofocos, llegó esa noche anterior a un estudio de rutina en la que no podía respirar, la internación, el coma, la mejoría antes de la muerte y la historia que ya todos conocemos.

El proceso finalmente había terminado.

Detesto el calor. Doy dos pasos y me siento empapado de sudor. La ansiedad no ayuda. La velocidad con la que camino, con un saltito cada tres pasos, tampoco.

Estamos en octubre y las temperaturas ya superan los 20 grados. Hubo días con térmicas de 31, realmente insoportables.

En mi casa, o mejor dicho, en el departamento que alquilo, hay aire acondicionado sólo en el comedor. El primer verano, recién mudado a principios de un marzo horrible, abandonado y extremadamente triste, sufrí las noches de calor con las ventanas abiertas, desnudo sobre el colchón sobre el suelo, a la altura de los zócalos de madera.

Pero al siguiente, no pude esperar, y para estas mismas fechas compré un ventilador de pie, tamaño industrial, con control remoto y velocidades comparables a la de un pequeño huracán, de esos que todavía no tienen nombre pero que si crecieran, serían mujeres.

Bajó la temperatura y sigo durmiendo con el ventilador prendido, tapado con las frazadas y el cubrecama, desnudo. Es por el ruido, que me calma, que equivale al televisor prendido toda la noche con un video de YouTube que simula la lluvia sobre el techo de una cabaña en un bosque o en una avenida transitada de alguna ciudad asiática.

Pero es por el ahogo, siempre va a ser por el ahogo.

 

Médula, corteza, cutícula.

Tomé la decisión de no cortarme el pelo un tiempo después de que empezó la pandemia, cuando salió mal un intento de flequillo hecho con tijera de cocina.

Al principio la excusa fue el aislamiento, la cuarentena. Pero tampoco me propuse ir cuando se habilitaron las peluquerías, con sus turnos, protocolos y trajes espaciales, porque lo considero ir a buscar la muerte. Encontrarse con extraños, en cambio, es la antítesis. Es vida por unas horas.

La última vez que tuve el pelo así de largo fue hace casi diez años, cuando estaba terminando la secundaria. Por suerte, la asimetría casera hizo que mi cabello no crezca de manera uniforme. Tiene capas, es más corto adelante, le puedo dar forma. No es una cortina pegada a la piel como cuando era adolescente.

No recordaba lo incómodo que es el pelo mojado en la nuca, sobre todo cuando hace calor. Tampoco lo mucho que tarda en secarse después de bañarme, casi diez minutos de secador.

El pelo crece y yo juego. Me hago un rodete, una colita alta. Lo paso detrás de las orejas, pruebo la raya al medio o la raya al costado. Le pido a una compañera de trabajo, que hizo varios cursos de peluquería, que me enseñe a hacerle ondas. Y sigo jugando, le hago ondas hacia adentro, hacia afuera. A veces parece la imagen de Mozart que estaba en el fondo de Beethoven Virus en el Pump It Up. Otras, Farrah Fawcett.

El largo de mi cabello no pasó desapercibido. Cosechó varios elogios, pero también muchas opiniones no deseadas sobre mi imagen y mi cuerpo, desde un insoportable que cada vez que subo una historia me comenta “Te corto el pelito” en distintos tonos y emojis a tipos que dicen que soy lindo pero que no les gusta mi pelo e insisten en que me lo corte. Incluso me han mandado fotos de cortes de pelo bien cortito, como si yo hubiese pedido la opinión de alguien. Y aunque no lo quiera, mi valor entra en duda.

Agotado como siempre, hoy llegué y me acosté sobre el piso de parqué del comedor. Mi gato se me tiró encima y empezó a ronronear, mientras yo trataba de calcular hace cuántos días que no paso la aspiradora y miraba de reojo el pilón de casas y bolsas de delivery con restos de comida sobre la mesa.

Sonó varias veces el teléfono y no lo atendí. Hace días que ignoro las llamadas de mi familia. No tengo fuerzas para hablar, no quiero que me atosiguen con su cariño, pero muero por el afecto.

Descubrí, en esta posición, que si me tiro el pelo sobre la cara, llega a mis labios. Y recordé que cuando era chico, en la pileta jugábamos a meter la cabeza debajo del agua y tirarnos el pelo para atrás, para hacernos “peinados antiguos” y mis rulitos, por fin, se achataban y me parecía un poco más a los demás.

Me pregunto cuánto tiempo puedo seguir dejando que crezca, que se acumule la tierra, que se apile la basura, hasta meter la cabeza debajo del agua y no saber cómo salir.

 

Distanciamiento

Las veo en los noticieros y en las fotos de los periódicos en línea. En esta nueva normalidad incipiente, láminas de acrílico o vidrio que separan por precaución a las personas – al cajero del comprador, a dos personas tomando un café en un bar, a los miembros del jurado de un reality. 

Y entonces entiendo, puedo representarla por primera vez. 

Esa extrañeza. Esa distancia en cada almuerzo familiar. Esa incomodidad en las reuniones de trabajo. 

Milimétrica, pero presente. 

Sanitaria, para evitar el contacto/contagio. 

Pecera, que dificulta la comunicación, y aunque es la misma lengua, no así el habla. 

“¿Podés identificar cuándo no sentís esa barrera?”.

Sí, pero ya está muerta.