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Encontrar un profesional del rubro de la salud mental es como una caja de chocolates, o como sea la metáfora de esa película que usan en esa serie de animación. 

Usualmente, las personas con obras sociales o prepagas tienen una entrevista, los derivan con un listado de profesionales y es cuestión de prueba y error, aunque a veces esas pruebas pueden durar años y los errores, más dañinos de lo pensado. 

En mi caso, como la empresa de medicina prepaga que uso tiene una cobertura de salud mental prácticamente nula, me entregué a terapeutas por recomendaciones. 

La primera, una psicoanalista recomendada por un ex que en su momento era actual y que claramente tendría que haber sido la primera bandera roja para no asistir. 

El segundo, el psicólogo de más de una década de mi tía que, junto con un psiquiatra de su confianza, hicieron una terapia de choque impresionante que empezó una noche en la que le grité a un repartidor tercerizado que me estaba entregando un pedido de vinos carísimos que yo no había comprado que nada importaba porque se iba a morir igual que yo. 

Gracias a la casualidad, al destino, a mi tía o a una combinación de las tres, el combo psicólogo-terapeuta cognitivo-conductual + psiquiatra funcionó y mejoré muchísimo, al punto de poder empezar a reírme y dejar de pensar tanto en la expectativa de vida de todo lo que me rodeaba, todo a fuerza de ejercicios que me dejaban llorando en posición fetal, antidepresivos y ansiolíticos. ¿Quién necesita poder eyacular cuando puede empezar a controlar sus crisis de ansiedad? 

Pero, en otra de esas situaciones que me hacen pensar que mi vida está guionada y que en algún momento alguien va a salir de una pared al grito de “¡Era un chiste, era un chiste!”, pasó algo inesperado. Mi psiquiatra se enfermó gravemente y falleció en menos de un mes. 

Se murió el profesional al que tuve que recurrir porque tengo un trastorno obsesivo-compulsivo existencial y la idea de “la muerte” me genera crisis de ansiedad y ataques de pánico. Lo has hecho de nuevo, Nan. Y encima cuando estábamos evaluando incorporar una amiguita más al cóctel para ayudar con la rumiación. 

La derivación al nuevo psiquiatra vino nuevamente de mi psicólogo. Me advirtió que tenía aires de grandeza y que era un tanto reconocido, caro, pero que iba a ser excelente y podría finalmente bajarle el volumen a los pensamientos intrusivos y a las voces que no me dejaban dormir. 

Tras un par de meses de mercado negro, finalmente accedí a atenderme con él. No aceptaba que mi querido Rober ya no estaba ahí para charlar conmigo, hacerme recomendaciones coherentes y recetarme la felicidad en comprimidos, todo en 25 minutos y por una módica suma. Lo que selló que me atendiera con la estrellita difícil del equipo médico de este centro de salud fue que me contaron que era carolo, condición que siempre ayuda para las ratas de gueto como yo. 

Me tomé una mañana del trabajo para nuestra primera sesión. Se suponía que yo iba a llamarlo a las ocho de la mañana en punto por whatsapp, previa transferencia de sus exorbitantes honorarios. Pero jamás me atendió. Ni él, ni su secretario. 

¡CON SECRETARIO! Rober nunca tuvo secretario, siempre me atendía personalmente cuando necesitaba un turno, una receta o cuando tenía que pedirle que me hiciera todo de nuevo porque se había olvidado de anotar el genérico. 

A la hora, ya en camino a mi trabajo, me pidió que me conectara acusando problemas técnicos con la “actualización del sistema” del consultorio. La llamada, recordemos, era por Whatsapp. 

Después de reprogramar, y de que me volviera a plantar, finalmente pude conocerlo. Fue una de las experiencias más incómodas, violentas y desagradables que viví. Esperaba a una de las mentes más brillantes de la psiquiatría y la neurología del país y me encontré con un vendehumo con discurso de autoayuda, que se pasó unos buenos cincuenta minutos hablando de como yo “malgastaba mi energía psíquica” contando cuántos años de vida le quedaba a la gente y que tenía que concentrarme en quién quería ser, en mis sueños.

Al final de la conversación, que tuvo momentos bastante ásperos, acordamos seguir con el esquema de medicación, agregando el tercer componente que estábamos evaluando con Roberto. ¡SIlencio, al fin!

Necesité de la ayuda, por no decir del apriete, de mi psicólogo para que las recetas me llegaran, incompletas, mal confeccionadas y con un esquema diferente, con más de una semana de atraso. Una semana sin medicación de ningún tipo, con ganas de hacer un agujero en la tierra y no salir nunca más. Y para más inri, se olvidó de los ansiolíticos (cuya receta con su firma sigo esperando al día de hoy), por lo que pasé varias madrugadas sin dormir hasta que llegó el tercer psiquiatra que, espero, sea el definitivo. 

Qué difícil es encontrar a alguien que le de en la tecla, que al mismo tiempo te trate como una persona autónoma, y que se tome tu dolencia con seriedad. 

Rober, vos fuiste capaz de darme todo eso y más. Me contuviste en el peor momento de mi vida y por eso voy a estar eternamente agradecido. 

Y quiero que sepas que tenías razón – gracias a la nueva incorporación, las voces se volvieron un ruido blanco y pienso menos en la fecha de nacimiento de las personas cuando les hablo. Te mando un abrazo. 

 

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¿Hay vida en la red después de la muerte?

Una búsqueda rápida de Google devuelve sitios que informan qué opciones de cuentas in memoriam tienen las plataformas más usadas, e incluso algunos que ayudan a planear un testamento digital, la letra fina para indicarle a los que te sobrevivan qué hacer con tu información. Parece ridículo. 

Los familiares de los fallecidos pueden, en caso de no conocer las contraseñas, enviar documentación a Facebook e Instagram y convertir los perfiles de los muertos en santuarios. Nadie puede acceder al contenido privado, pero sí dejar comentarios, saludos en natalicios o aniversarios de ese desafortunado accidente. También pueden optar por cerrarlas, borrando otra de las huellas que dejó ese ser amado, quizás la más permanente de todas. 

Mentiría si dijera que no pienso en mi hermana o en mi madre todos los días, aunque sea un poco. Pero hay pequeños momentos de felicidad en los que su ausencia se siente menos, casi como el ruido ambiente que emite una televisión cuando tiene el volumen en cero. 

Pero las pérdidas y el duelo te asaltan en los momentos menos pensados, como cuando te movés como loco por la lista de contactos del celular para hacer una llamada y los ves todavía ahí, con un número con el que ahora vive otra persona, porque no fuiste capaz de conservar la línea para que no te lo roben. 

O cuando revisás la lista de las personas que seguís en Instagram y aparece, de repente, un usuario con una foto. La irrupción de lo abyecto, el regreso de la muerte. No en la forma de un encefalograma plano, sino de un cadáver en avanzado estado de descomposición. 

Es un asalto de recuerdos que tienen sustento material – podemos ver los comentarios, las fotos de atardeceres, las selfies borrosas por no saber usar el teléfono. 

Esas cuentas están al acecho, preparadas para hacernos recordar eso a lo que nos encantaría poder hacerle caso omiso durante más minutos al día. 

¿Pero qué vamos a hacer? ¿Mandar una foto del certificado de defunción a Facebook para que la conviertan en un mausoleo? No soluciona nada, el peligro está latente. ¿Pedir que la cierren? Sería entrometerse en el duelo de muchas otras personas, no puedo evitar sentir que es algo sumamente egoísta. 

Queda entonces una opción – dejar de seguir, eliminar amistad, bloquear, borrar del celular, cortar el cable submarino que transmite internet, bombardear la nube, matar los protocolos, hacer inaccesibles las cuentas. 

Jamás podría, se sentiría como una segunda muerte, una pérdida más. Entrometerme en algo que no es mío, en la privacidad de las que más quise. 

Tal vez llegará el día en el que sienta por esas fotos de perfil lo mismo que por las de un compañero de la primaria, un amigo con el que ya no hablo o un pariente que no veo hace décadas – nada. O, como máximo, una leve nostalgia. 

Mientras tanto, sigo a la merced del recuerdo forzoso. Ahora no suena tan mal un testamento digital. 

 

de eso no se habla

La muerte es tabú. Es entendible, es el instinto de supervivencia, de autopreservación. Elegimos ignorar que es el destino común de todos y cada uno de nosotros, sin excepción. 

Podríamos pensar que también lo hace sin distinciones, que nos iguala. Pero eso es, por supuesto, una mentira. No es lo mismo morir en la pobreza que en las altas esferas de la sociedad. Un servicio fúnebre de calidad está a años luz de un velorio con falsas velas con luces led y decoración de bazar chino. 

No hay guías para la muerte, o al menos no las conozco. No hay un instructivo que te diga cuáles son los papeles que necesitás llevar a la cochería (o a la casa de sepelios, según el piné), lo que sale un cajón (o féretro o ataúd), lo que implica el crematorio. Nadie te dice que te van a dar a elegir si querés ver cómo entra en el horno, y que aunque digas que no, las puertas plegables de esa instalación precaria van a dejar entrever lo que pasa tras bambalinas, que es, básicamente, la incineración de un cadáver. 

El silencio que socialmente se impone en lo que respecta al gran final, del eterno reposo, del paso a la junta kármica o del retorno a la nada, según las creencias, se extiende a todas las facetas de este fenómeno. 

Nadie quiere hablar del duelo, pero todos creen hacerlo. Se habla de las fases del duelo, que ya ni puedo recordarlas. Se habla del duelo de un trabajo, de la infancia, de la adolescencia, de una pareja, de un departamento alquilado en Almagro o de un canario que se comió el gato. 

Pero nadie que no haya atravesado el duelo de una persona, uno de verdad, no el de un tío abuelo perdido que dolió un poquito, puede conversar sobre esto. Se requiere ser el deudo de un fallecido para poder comprender y atravesar la superficialidad de los comentarios, de los mensajes de afecto, de la lástima. 

Es entendible. Nadie quiere hablar de la muerte si no tiene una razón válida, suspender la incredulidad, dejar que lo abyecto irrumpa en lo cotidiano. Los que transitamos un duelo, en cambio, necesitamos desesperadamente encontrar una voz con la que dialogar, que pueda entender lo minucioso que es el proceso, lo impredecible, los arrebatos en el lugar y en el momento equivocado o la sensación de estar frente a la marea, que sube y baja. 

El duelo no tiene etapas, no tiene pasos y tampoco instrucciones. Es un dolor que se encuentra latente hasta que, cual proceso inflamatorio, invade todo el ser hasta que recede, expectante, hasta el próximo episodio. 

La muerte y la pérdida deberían ser parte de la agenda pública. Estoy convencido de que nos quitaría a todos un peso de encima, nos prepararía para el futuro y nos ayudaría a los que necesitamos desahogarnos, reducir como sea esa inflamación.