Lo mejor está por llegar

Mi mecanismo de defensa por excelencia al crecer fue pensar que lo mejor estaba por llegar.

Incluso desde chico, cuando pensaba que eventualmente me iba a mudar a Estados Unidos, estudiar derecho y terminar dando clases, fantasía creada gracias a una crianza frente a la televisión, mirando series de David E. Kelly.

Las cosas nunca fueron particularmente difíciles o dolorosas para mí. Creo que tuve una infancia bastante privilegiada en ciertos aspectos, o al menos eso es lo que yo elijo recordar. Nunca me faltó nada, aunque los tiempos no fueron siempre los mejores. Jamás ejercieron violencia, al menos física, sobre mí. Mis padres no se amaban, pero al menos jamás hubo mayor conflicto en casa, que yo viera, que algún que otro grito o alguien durmiendo en un sillón.

Cuando uno es diferente, por la razón que sea, siempre está la posibilidad del estigma. Lo que lleva a encerrarse en uno mismo, evitando mayores contactos que los necesarios para eludir cualquier posibilidad de salir lastimado.

Las amistades siempre las conté con los dedos de las manos, y tuvieron que pasar muchísimos años para poder empezar a abrirme y frecuentar gente que al menos compartiera alguno de mis intereses. Pero esa sensación siempre se mantuvo. Algo me faltaba, no lo podía encontrar.

Descubrí el ciclo – eventualmente, me despojaría de todo lo obtenido y empezaría de nuevo, desde cero, solo como siempre. Luego el acopio, nuevamente. Despacio, con esfuerzo, cada vez mayor, para terminar tirando todo.

No importan el paso del tiempo, ni los logros cosechados o las experiencias vividas. La falta sigue ahí, presente, lista para relucir de tanto en tanto. Me toca el hombro y me recuerda que me estoy perdiendo de algo, eso que todos los demás están viviendo pero que a mí se me escapa.

Ardo en deseo de aquello que no puedo conseguir, de una suerte de cotidianidad a la que jamás pude acceder. ¿Existen esas amistades incondicionales que vemos en los programas de televisión? ¿Realmente la gente busca excusas para estar juntos todos los días, todo el tiempo? ¿De dónde sacan la fuerza, la energía? ¿Es posible que la gente que querés viva en un radio de diez cuadras?

Los estudios, cuáles no recuerdo, esos de las Universidades de afuera, que no tienen la escasez que nos sacude cada tantos años a nosotros y que se pueden dar el lujo de investigar estas cosas sin que el pueblo grite que faltan ingenieros o neurocientíficos, dicen que cuanto más grande sos, más difícil es la capacidad de entablar nuevas relaciones de amistad. Hablar de amigos después de la Universidad es imposible, una falacia. Porque todos sabemos que los compañeros de trabajo no son tus amigos, no deberían serlo.

Lo mejor siempre está por llegar. No puedo evitar sentir, además de esa carencia, que el tiempo se termina. Como con tantas cosas en mi vida, estoy haciendo el duelo anticipado de algo que todavía no se murió. Inevitablemente me repito, una y otra vez, la misma pregunta – ¿Y si todo esto es lo que hay?

 

Mate cocido

La primera vez que probé el mate cocido para niños con vainilla y miel fue en la casa de Daiana. Estábamos en el segundo año de secundaria, si no me equivoco, y desayunábamos antes de ir a clases.
Recuerdo que ella lo hacía con dos saquitos, para darle más sabor, le ponía leche y lo endulzaba con azúcar light, esa que, al menos en mi memoria, tiene un color verdoso.

Encontrarnos en su casa antes de ir entrar al colegio se volvió parte de la rutina. Lo hacíamos al menos una vez por semana. Algunas veces incluía planes más elaborados, como ir a las ocho de la mañana al Walmart más cercano a comprar donuts. O, lo que pasó en varias oportunidades, terminar faltando al colegio y yendo al supermercado chino que queda a dos cuadras de su casa a comprar productos congelados para comer escuchando música y grabando videos graciosos, como ese en el que bailábamos algo y alguno tenía la máscara y el tubo del nebulizador a modo de micrófono.

Para mí, la experiencia de compartir con otros las mañanas, con casi la misma dependencia que los fieles tienen al ir a misa, era nueva. Hasta ese momento, mi vida en amistad pasaba fuera de las puertas del colegio, cuando terminaba la jornada y podía escaparme al centro a recorrer las calles del Microcentro y de Caballito, Flores y Floresta con las mismas personas de siempre.

Pero no todas las mañanas eran iguales. Ya sea por elecciones personales o por los avatares de la vida académica, esa que hace que los chicos y las chicas tengan clases de educación física en días y horarios diferentes, Daiana pasaba más mañanas en la compañía de otra persona. Mi ritual no se celebraba con la regularidad que a mí me hubiese gustado, sin importar la cantidad de faltas que empleara para que eso pasara. Y fueron muchas, tantas que todavía sueño al menos una vez por mes que jamás terminé el secundario por no haber ido nunca a Educación Física.

Confieso, aunque creo que es más que evidente, que envidiaba cada minuto extra que ellas pasaban juntas sin mi compañía. Los celos y la paranoia son características que me definen en muchos aspectos, más de los que estoy dispuesto a admitir. El tiempo me devolvería ese tiempo no compartido con muchísimos intereses, con exclusividad.

Los años fueron pasando y las costumbres, cambiando. Ya no nos juntamos varias veces a la semana a desayunar, pero hay días en los que viajamos juntos en colectivo al trabajo. No lo hacemos para ir al colegio, pero sí para empacharnos con comida o para recorrer la noche juntos. Incluso para salir juntos del país, sin la supervisión de ningún otro adulto.

El mate cocido para niños con vainilla y miel, ya sin Ben 10 en la caja, ahora con Phineas y Ferb, sigue siendo parte de nuestros encuentros. A veces lo reemplazamos por té con leche, por mi acidez. Otras, por un vinito o una sidrita, depende de lo festivos que estemos. Lo que nunca falta es la complicidad.

 

Juntos

Mi madre y yo no pasamos mucho tiempo juntos. No tenemos muchos intereses en común, como debe de pasar con una gran mayoría de las relaciones entre madres e hijos, y el mayor momento en el que intercambiamos palabras es cuando llego del trabajo y cuando cenamos juntos.
Bueno, “juntos”, porque yo como muy rápido (lo que la pone nerviosa) y ella se toma su tiempo, ya que la comida “cae mal y no se disfruta”.

Mi tiempo máximo de sobremesa una vez que termino mi plato es de aproximadamente unos cinco minutos. No tiene nada que ver con el aburrimiento, sino con el cansancio. No voy a negar que me tienta más la idea de estar mirando una serie o leyendo un libro que quedarme sentado mirando hacia la nada, pero la realidad es que inmediatamente después de cenar siento todo el cansancio del día sobre los hombros y simplemente quiero irme a la cama con mi almohadilla térmica natural (de esas que están rellenas de semillas y huelen a lavanda cuando las calentás en el microondas, preferentemente por un minuto y veinte segundos) y un té de tilo, manzanilla y cedrón como placebo para intentar calmar mi ansiedad.

Cada vez que termino de comer, ella dice lo mismo. “Andá, Nan. Yo me quedo comiendo”. Y me parte el alma y me llena de culpa, porque me parece muy triste que tenga que comer sola después de haber preparado todo eso para los dos. Todavía me aprovecho del dividendo patriarcal en lo que se refiere a las labores domésticas. Es horrible, pero lo admito. A veces intento hacer algo al respecto, pero muchas veces queda como una expresión de deseo, pues no me termino de comprometer y a ella tampoco “le gusta” que lo haga.

Mamá me justifica diciendo que nosotros somos así. Que soy introvertido, que prefiero estar solo y que cada uno tiene su espacio. Le gusta terminar de comer tranquila mirando la novela, revisando Facebook o jugando con su tablet a uno de esas aplicaciones en las que tenés que reventar bolitas u ordenar los bloques de colores para que desaparezcan.

A veces me cuenta cosas que le pasaron durante el día y yo le contesto mal. No necesariamente porque no me interese lo que me está contando, sino porque finalmente entendí a qué se refería ella cuando de chico me contaba que a la noche los mayores ya no tenían ganas de pensar.

Estuve yendo mucho al hospital en estas últimas semanas. Siempre de la misma manera – estoy en casa sintiéndome mal, me agarra ansiedad porque creo que me estoy muriendo, madre se pone nerviosa, me pregunta qué quiero hacer, le dijo que no sé y terminamos en la guardia del hospital, donde nunca es nada grave, donde me mandan a ver a especialistas por si las dudas y de donde salgo con más dudas que certezas y con mayores sospechas sobre lo inevitable que es el final de este recorrido.

Yo aprovecho los momentos muertos en la sala de espera o en algún café para hablar con ella como antes, de cualquier cosa, como cuando era chico. Aprovecho para contarle cosas sobre mí que creo que quizás no sabe, porque nunca se las conté. Trivialidades, pero que supongo dicen mucho de mí. Como lo mucho que me gustan los lugares abiertos toda la noche, como la cafetería de una estación de servicio o de un hospital, porque parece que el tiempo no pasa. O lo identificado que me sentí cuando en una serie dijeron que los bebés nos recuerdan nuestra propia mortalidad, porque eso es lo que inevitablemente siento cuando estoy con alguno, incluso con los que más quiero.

Mamá sólo se ríe y me recuerda lo loco que estoy, lo mucho que tengo por delante y los proyectos que me faltan cumplir. Sólo cuando estoy con ella en esas situaciones me permito imaginarme cómo voy a ser cuando sea más grande. O dónde me gustaría mudarme “en cuanto antes”. Le hago prometer que tiene que vivir hasta por lo menos los 90 años, que es lo mínimo que creo que la voy a necesitar. Tanto ella como yo sabemos qué tan probable es eso, al menos en el estado actual de las cosas, pero espero que haga(mos) un esfuerzo.

Ya me dijo en más de una oportunidad que está un poco cansada de que las visitas al hospital sean la forma en la que pasamos más tiempo juntos. Me comprometo a intentarlo.