XIII

Todas las noches me voy a dormir con la Muerte y no me pasa nada.

Tomo al Arcano XIII, lo pongo debajo de mi almohada, y con la ayuda de mis pastillas consigo dormir un par de horas.

A veces hago las cosas bien y la miro un rato antes de depositarla en su lugar de descanso. Escribo en mi cuaderno “Me fui a dormir con la Muerte…” y a veces, al despertar por última vez, lo abro de nuevo y termino la frase con un “…y no me pasó nada”.

Claramente esto no fue mi idea, tampoco de los profesionales de la salud mental. Fue de un chico, al que supuestamente se lo “decían” (desconozco quiénes) mientras tomábamos un té. Agarrar la carta, observarla, dormir con ella, entender que no pasa nada – esa es mi misión.

La Muerte, el Arcano XIII, el Arcano Sin Nombre. Ayer vi un video en TikTok que explicaba por qué las representaciones que tenemos de la muerte varían según el idioma, dependiendo del género de esa palabra. En Alemán es un hombre, mientras que en francés, una mujer.

No elegí la típica del tarot marsellés para llevarla a la cama. Aunque no crea en nada pero desesperadamente intente creer en todo, no me sentía cómodo ni con la vieja carta que me acompaña desde hace casi quince años ni con la nueva que compré hace unas semanas, en otra de mis compras compulsivas. La del mazo nórdico tampoco me convencía, dudo estar destinado al Valhalla.

Finalmente opté por la reinterpretación Morgan-Greed del mazo de Rider-Waite. En esta no hay un señor de la noche a caballo, dejando nobles muertos a su paso ni soles en el horizonte. En esta carta vemos un paisaje rojo, inhóspito, en el que predominan una gran rosa blanca con un tallo cubierto de espinas y la Muerte en el centro, encapuchada y con guadaña en mano, a punto de cortarla. En su cuello, un cuadrado amarillo. Sobre el Chakra Garganta un cuadrado del color del Plexo Solar.

Plexo Solar, amarillo. Páncreas, estómago, hígado, colon.

El amarillo me rodea, me persigue. En realidad, lo elijo. Mi ropa, amarilla. Mis muebles, amarillos. Mis macetas, amarillas. Mi teléfono, amarillo. Mi alma, amarilla.

Me sugirió que corte el amarillo con violeta, a la altura del pecho, y que nunca lo mezcle con negro. Jamás voy a acceder, no voy a sacarme el uniforme, ni voy a permitir que contaminen mi color con sus ideas.

De vez en cuando me escribe y me pregunta cómo me está yendo. No sé por qué, pero le miento y le digo que me olvidé de hacerlo.

Aunque no pase nada, o quizás porque no pasa nada, estoy construyendo una relación preciada, muy íntima, con esta Muerte. Todas las noches me sonríe, y me espera para soñar juntos, vestida de negro, amarillo y violeta.

 

Médula, corteza, cutícula.

Tomé la decisión de no cortarme el pelo un tiempo después de que empezó la pandemia, cuando salió mal un intento de flequillo hecho con tijera de cocina.

Al principio la excusa fue el aislamiento, la cuarentena. Pero tampoco me propuse ir cuando se habilitaron las peluquerías, con sus turnos, protocolos y trajes espaciales, porque lo considero ir a buscar la muerte. Encontrarse con extraños, en cambio, es la antítesis. Es vida por unas horas.

La última vez que tuve el pelo así de largo fue hace casi diez años, cuando estaba terminando la secundaria. Por suerte, la asimetría casera hizo que mi cabello no crezca de manera uniforme. Tiene capas, es más corto adelante, le puedo dar forma. No es una cortina pegada a la piel como cuando era adolescente.

No recordaba lo incómodo que es el pelo mojado en la nuca, sobre todo cuando hace calor. Tampoco lo mucho que tarda en secarse después de bañarme, casi diez minutos de secador.

El pelo crece y yo juego. Me hago un rodete, una colita alta. Lo paso detrás de las orejas, pruebo la raya al medio o la raya al costado. Le pido a una compañera de trabajo, que hizo varios cursos de peluquería, que me enseñe a hacerle ondas. Y sigo jugando, le hago ondas hacia adentro, hacia afuera. A veces parece la imagen de Mozart que estaba en el fondo de Beethoven Virus en el Pump It Up. Otras, Farrah Fawcett.

El largo de mi cabello no pasó desapercibido. Cosechó varios elogios, pero también muchas opiniones no deseadas sobre mi imagen y mi cuerpo, desde un insoportable que cada vez que subo una historia me comenta “Te corto el pelito” en distintos tonos y emojis a tipos que dicen que soy lindo pero que no les gusta mi pelo e insisten en que me lo corte. Incluso me han mandado fotos de cortes de pelo bien cortito, como si yo hubiese pedido la opinión de alguien. Y aunque no lo quiera, mi valor entra en duda.

Agotado como siempre, hoy llegué y me acosté sobre el piso de parqué del comedor. Mi gato se me tiró encima y empezó a ronronear, mientras yo trataba de calcular hace cuántos días que no paso la aspiradora y miraba de reojo el pilón de casas y bolsas de delivery con restos de comida sobre la mesa.

Sonó varias veces el teléfono y no lo atendí. Hace días que ignoro las llamadas de mi familia. No tengo fuerzas para hablar, no quiero que me atosiguen con su cariño, pero muero por el afecto.

Descubrí, en esta posición, que si me tiro el pelo sobre la cara, llega a mis labios. Y recordé que cuando era chico, en la pileta jugábamos a meter la cabeza debajo del agua y tirarnos el pelo para atrás, para hacernos “peinados antiguos” y mis rulitos, por fin, se achataban y me parecía un poco más a los demás.

Me pregunto cuánto tiempo puedo seguir dejando que crezca, que se acumule la tierra, que se apile la basura, hasta meter la cabeza debajo del agua y no saber cómo salir.

 

Equinoccio

Llega la primavera, pero nada es lo mismo. Ya no sirven los discos de siempre para estar tirado bajo el sol. El equinoccio tiene ahora, y hasta el final, otro significado.

Se cumple un año de nuestro último paseo, de nuestro último día entero juntos. Por casualidad en otra de esas fechas de porquería, las que siempre me pusieron nervioso – con quién juntarse, qué hacer, si seguir a toda la manada a ese campo inmundo del fondo de Las Flores o hacer la mía lejos de todos. Obviamente, jamás fui.

Nos encontramos en peluquería a la que te fuiste a hacer el color miel, que terminó siendo un colorado medio oscuro. Después compramos ropa, la remera esa de Revolver con la palabra Bicha y estampas de serpientes, y nos fuimos a comer un pancho carísimo a Plaza Armenia. 

Tenías un regalo para mí, porque eso hacíamos. Regalarnos cosas sin motivo, porque veíamos algo y sabíamos que era para el otro.

En el medio de Dogg, sentados en banquetas altas, incómodas y tambaleantes, sacaste la taza de Edna Krabappel con la frase “Divorced but eligible”. Amé al instante.

Ambos teníamos planes para la tarde, pero empezamos a posponer, a estirar el encuentro lo más posible. Caminando, tejiendo, yendo a locales de modernas y yéndonos con las manos vacías. No, mentira, yo me compré los pines de Britney. Vos querías un buzo porque te ibas a las cataratas. Un buzo, para ir a Misiones en primavera. Lo pienso y me vuelvo a reír.

Seguimos comprando cosas, la crema enjuague todavía no se me terminó. Está ahí, recordándome de esta fecha cada vez que entro a ducharme.

Te despedí en Jurabildo, rogando que entendieras cómo carajo llegar a tu casa, porque a tus 26 años todavía no habías terminado de entender cómo moverte en la Ciudad. Aún con toda la tecnología del planeta en la palma de la mano, algunas cosas nunca cambian.

En el mes y medio que pasó entre nuestro día y el accidente, pasó de todo y a la vez, no pasó nada.

Yo estaba en modo elecciones, trabajando sin parar para poder seguir trabajando sin parar.

Grabé varios episodios de Rari, el podcast que te tenía como fan número uno.

Conocí a un chico que me terminó gustando bastante y que resultó ser otro pelotudo a cuerda, como suele pasar con todos los que te caen mal. También volví a juntarme con otro, que siempre te pareció un imbécil y que lo volvimos a confirmar.  

Pude revivir mi fiesta favorita, pero vos no estabas. También fui a varios recitales, como el de Alex que me recordó nuestro viaje a Chile.

Vos viajaste, espero que sin el buzo. Y subiste esas fotos hermosas, que de vez en cuando entro a ver para llenarme de vida, la que exudabas en todo lo que hacías. 

No me acuerdo si nos cruzamos o no un par de veces en el café de la esquina del trabajo, a veces pienso que sí, otras que no. Pero no pasó un día sin que habláramos. Incluso esa última noche, cuando drogado, a miles de kilómetros de distancia y sintiéndome abyecto en el medio de desconocidos, te tomaste unos minutos de la madrugada para tirarme flores.

Pasó un año desde el último abrazo. Una década, un segundo. Cada cosa hago, cada canción que escucho, las frases que digo, te traen, te hacen carne, te “devuelven de nuevo a la vida”. Chiste interno.

Pese a todo, te pido por favor que, cuando tengas un tiempito, me mandes un saludo. Un guiñito, algo. 

Como los espejos empañados al salir un segundo del ascensor. O los cartelitos que aparecen de repente fuera de lugar, tirados en el suelo, cuando estoy triste y pienso en vos.

Es que aunque te lleve dentro y le hable todo el tiempo a la versión de vos que quedó en mí, te extraño. Con locura. Ayer, hoy y siempre. 

Voy a cerrar los ojos e imaginarme que estamos con las pelucas que me regalaste, sacándonos fotos con una webcam barata. Quizás, si hago mucha fuerza, pase algo. Después de todo, es el Equinoccio.