soñar que se te caen los dientes puede indicarnos que una misma situación se repite en tu vida.

En uno de mis sueños recurrentes, tengo varios dientes flojos y los muevo hasta que se salen. Puedo sentir la misma sensación que cuando era niño y hacía fuerza, con la lengua o con la mano, para que finalmente cedieran.

A veces no salen enteros, se caen de pedazos, quedando restos clavados en la encías, que sangran con cada movimiento. Pero la sensación de alivio es la misma, sea una extracción limpia o no.

En el peor de los casos, se caen todos al mismo tiempo, cuando quiero hablar. Ahí no siento placer, sólo desesperación.

A mi mamá no le gustaba que soñara esas cosas. Cada vez que se lo contaba recalcaba que era un mal augurio.

¡Como si fuera tan fácil controlar lo que uno sueña!

De ser así, dejaría de soñar con cadáveres deformes, con cuerpos consumidos, con personas que se van. Tampoco soñaría tantas escenas de esta cotidianeidad tan aburrida, ni con el paso inexorable del tiempo, y menos que todo sucede junto a personajes que ya no no pueden formar parte del elenco.

Es como un chiste de mal gusto, seguir viviendo con fantasmas mientras uno duerme. Mientras uno duerme no, mientras yo duermo.

Me pidieron que empiece a usar “yo” en lugar de “uno”. Algo de hacerse cargo de lo que a uno le pasa. Bueno, de lo que me pasa.

No sé cuánta razón tendrán, es que a uno lo marean algunas terapias con la cantidad de directivas y tareas para el hogar. Ay, de nuevo.

 

XIII

Todas las noches me voy a dormir con la Muerte y no me pasa nada.

Tomo al Arcano XIII, lo pongo debajo de mi almohada, y con la ayuda de mis pastillas consigo dormir un par de horas.

A veces hago las cosas bien y la miro un rato antes de depositarla en su lugar de descanso. Escribo en mi cuaderno “Me fui a dormir con la Muerte…” y a veces, al despertar por última vez, lo abro de nuevo y termino la frase con un “…y no me pasó nada”.

Claramente esto no fue mi idea, tampoco de los profesionales de la salud mental. Fue de un chico, al que supuestamente se lo “decían” (desconozco quiénes) mientras tomábamos un té. Agarrar la carta, observarla, dormir con ella, entender que no pasa nada – esa es mi misión.

La Muerte, el Arcano XIII, el Arcano Sin Nombre. Ayer vi un video en TikTok que explicaba por qué las representaciones que tenemos de la muerte varían según el idioma, dependiendo del género de esa palabra. En Alemán es un hombre, mientras que en francés, una mujer.

No elegí la típica del tarot marsellés para llevarla a la cama. Aunque no crea en nada pero desesperadamente intente creer en todo, no me sentía cómodo ni con la vieja carta que me acompaña desde hace casi quince años ni con la nueva que compré hace unas semanas, en otra de mis compras compulsivas. La del mazo nórdico tampoco me convencía, dudo estar destinado al Valhalla.

Finalmente opté por la reinterpretación Morgan-Greed del mazo de Rider-Waite. En esta no hay un señor de la noche a caballo, dejando nobles muertos a su paso ni soles en el horizonte. En esta carta vemos un paisaje rojo, inhóspito, en el que predominan una gran rosa blanca con un tallo cubierto de espinas y la Muerte en el centro, encapuchada y con guadaña en mano, a punto de cortarla. En su cuello, un cuadrado amarillo. Sobre el Chakra Garganta un cuadrado del color del Plexo Solar.

Plexo Solar, amarillo. Páncreas, estómago, hígado, colon.

El amarillo me rodea, me persigue. En realidad, lo elijo. Mi ropa, amarilla. Mis muebles, amarillos. Mis macetas, amarillas. Mi teléfono, amarillo. Mi alma, amarilla.

Me sugirió que corte el amarillo con violeta, a la altura del pecho, y que nunca lo mezcle con negro. Jamás voy a acceder, no voy a sacarme el uniforme, ni voy a permitir que contaminen mi color con sus ideas.

De vez en cuando me escribe y me pregunta cómo me está yendo. No sé por qué, pero le miento y le digo que me olvidé de hacerlo.

Aunque no pase nada, o quizás porque no pasa nada, estoy construyendo una relación preciada, muy íntima, con esta Muerte. Todas las noches me sonríe, y me espera para soñar juntos, vestida de negro, amarillo y violeta.

 

to be gorgeous, you must first be seen, but to be seen allows you to be hunted.

Encuentro reconfortante que no haya ningún problema en ingresar libros desde el exterior – si tenés la plata, los comprás, el envío es gratuito, te los dejan en tu casa y si no estás, vas al correo con un papelito y te los entregan. Nada de telegramas, ni volantes electrónicos de pago, ni aduanas, ni filas en Retiro.

Esta semana el encargado de mi edificio tocó el timbre de mi departamento y me entregó un paquete que , en un acto inusitado de gentileza, recibió él. Además, me dio el aviso de entrega del correo de otro envío, que había quedado en el buzón del edificio.

Esa tarde tuve en mis manos Night Sky With Exit Wounds, el galardonado poemario de Ocean Vuong, y hoy fui a retirar mi copia de On Earth We’re Briefly Gorgeous, su primera novela. Una edición preciosa, tapa dura con sobrecubierta con relieve.

Llegué a la obra de Vuong a través de la cuenta de Instagram de una librería, a la que llegué por la cuenta de Instagram de una excelente escritora argentina, a la que llegué gracias a un taller de lectura sobre Mariana Enriquez, al que llegué vía recomendación de una gran amiga.

Publican diariamente historias con libros disponibles, especialmente novedades, y así lo hicieron con la edición de Anagrama titulada En la Tierra somos fugazmente grandiosos. Al ver ese título, sentí un escalofrío recorrer todo mi cuerpo y supe, simplemente supe, que tenía que leer esa novela y la bajé ilegalmente, en su idioma original.

No pretendo escribir sobre la prosa de Vuong, sobre la belleza con la que puede hablar de la violencia, del deseo, de la mugre, la herencia o el afecto. Tampoco sobre sus poemas, que son una de mis primeras aproximaciones a la poesía norteamericana y que me dejaron el pecho partido en dos mitades.

Escribo porque me enamoró, porque tengo que reconciliarme con la idea de que está bien escribir sobre algo bueno.

Si no lo hago, la escritura se convierte en una parte más del tratamiento, y cuando la abandono vuelven los síntomas, y si no la abandono, se vuelve una carga.

Porque el acto catártico de escribir es agotador, es como purgarse metiéndose los dedos hasta la garganta. Aunque el resultado sea favorable, aunque termine sintiéndome mejor, significa tener que pasar por las arcadas, por el ácido, por el asco.

Tengo que encontrar otras formas de escribir. Tal vez llevar un diario para relatar mi rutina, un bucle eterno de “Despertaba, caminaba, dormía”. Dejarme llevar por mi lado obsesivo, listar absolutamente todo en mi bullet journal, si de todas formas ya tengo las tareas, los eventos, la planificación de acá a seis meses, las pastillas que me quedan, las películas y series que veo con fecha y puntuación, las fechas en las que compré productos de cosmética, cuándo y con quién tengo sexo y el regado de las plantas.

Lo que sea con tal de no gritar. No gritar, no ahogarme, no correr en círculos, no golpear las paredes, no desmayarme, no sentir el yunque sobre el estómago cuando cae la noche.

Lo que sea menos parar.