to be gorgeous, you must first be seen, but to be seen allows you to be hunted.

Encuentro reconfortante que no haya ningún problema en ingresar libros desde el exterior – si tenés la plata, los comprás, el envío es gratuito, te los dejan en tu casa y si no estás, vas al correo con un papelito y te los entregan. Nada de telegramas, ni volantes electrónicos de pago, ni aduanas, ni filas en Retiro.

Esta semana el encargado de mi edificio tocó el timbre de mi departamento y me entregó un paquete que , en un acto inusitado de gentileza, recibió él. Además, me dio el aviso de entrega del correo de otro envío, que había quedado en el buzón del edificio.

Esa tarde tuve en mis manos Night Sky With Exit Wounds, el galardonado poemario de Ocean Vuong, y hoy fui a retirar mi copia de On Earth We’re Briefly Gorgeous, su primera novela. Una edición preciosa, tapa dura con sobrecubierta con relieve.

Llegué a la obra de Vuong a través de la cuenta de Instagram de una librería, a la que llegué por la cuenta de Instagram de una excelente escritora argentina, a la que llegué gracias a un taller de lectura sobre Mariana Enriquez, al que llegué vía recomendación de una gran amiga.

Publican diariamente historias con libros disponibles, especialmente novedades, y así lo hicieron con la edición de Anagrama titulada En la Tierra somos fugazmente grandiosos. Al ver ese título, sentí un escalofrío recorrer todo mi cuerpo y supe, simplemente supe, que tenía que leer esa novela y la bajé ilegalmente, en su idioma original.

No pretendo escribir sobre la prosa de Vuong, sobre la belleza con la que puede hablar de la violencia, del deseo, de la mugre, la herencia o el afecto. Tampoco sobre sus poemas, que son una de mis primeras aproximaciones a la poesía norteamericana y que me dejaron el pecho partido en dos mitades.

Escribo porque me enamoró, porque tengo que reconciliarme con la idea de que está bien escribir sobre algo bueno.

Si no lo hago, la escritura se convierte en una parte más del tratamiento, y cuando la abandono vuelven los síntomas, y si no la abandono, se vuelve una carga.

Porque el acto catártico de escribir es agotador, es como purgarse metiéndose los dedos hasta la garganta. Aunque el resultado sea favorable, aunque termine sintiéndome mejor, significa tener que pasar por las arcadas, por el ácido, por el asco.

Tengo que encontrar otras formas de escribir. Tal vez llevar un diario para relatar mi rutina, un bucle eterno de “Despertaba, caminaba, dormía”. Dejarme llevar por mi lado obsesivo, listar absolutamente todo en mi bullet journal, si de todas formas ya tengo las tareas, los eventos, la planificación de acá a seis meses, las pastillas que me quedan, las películas y series que veo con fecha y puntuación, las fechas en las que compré productos de cosmética, cuándo y con quién tengo sexo y el regado de las plantas.

Lo que sea con tal de no gritar. No gritar, no ahogarme, no correr en círculos, no golpear las paredes, no desmayarme, no sentir el yunque sobre el estómago cuando cae la noche.

Lo que sea menos parar.

 

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