Médula, corteza, cutícula.

Tomé la decisión de no cortarme el pelo un tiempo después de que empezó la pandemia, cuando salió mal un intento de flequillo hecho con tijera de cocina.

Al principio la excusa fue el aislamiento, la cuarentena. Pero tampoco me propuse ir cuando se habilitaron las peluquerías, con sus turnos, protocolos y trajes espaciales, porque lo considero ir a buscar la muerte. Encontrarse con extraños, en cambio, es la antítesis. Es vida por unas horas.

La última vez que tuve el pelo así de largo fue hace casi diez años, cuando estaba terminando la secundaria. Por suerte, la asimetría casera hizo que mi cabello no crezca de manera uniforme. Tiene capas, es más corto adelante, le puedo dar forma. No es una cortina pegada a la piel como cuando era adolescente.

No recordaba lo incómodo que es el pelo mojado en la nuca, sobre todo cuando hace calor. Tampoco lo mucho que tarda en secarse después de bañarme, casi diez minutos de secador.

El pelo crece y yo juego. Me hago un rodete, una colita alta. Lo paso detrás de las orejas, pruebo la raya al medio o la raya al costado. Le pido a una compañera de trabajo, que hizo varios cursos de peluquería, que me enseñe a hacerle ondas. Y sigo jugando, le hago ondas hacia adentro, hacia afuera. A veces parece la imagen de Mozart que estaba en el fondo de Beethoven Virus en el Pump It Up. Otras, Farrah Fawcett.

El largo de mi cabello no pasó desapercibido. Cosechó varios elogios, pero también muchas opiniones no deseadas sobre mi imagen y mi cuerpo, desde un insoportable que cada vez que subo una historia me comenta “Te corto el pelito” en distintos tonos y emojis a tipos que dicen que soy lindo pero que no les gusta mi pelo e insisten en que me lo corte. Incluso me han mandado fotos de cortes de pelo bien cortito, como si yo hubiese pedido la opinión de alguien. Y aunque no lo quiera, mi valor entra en duda.

Agotado como siempre, hoy llegué y me acosté sobre el piso de parqué del comedor. Mi gato se me tiró encima y empezó a ronronear, mientras yo trataba de calcular hace cuántos días que no paso la aspiradora y miraba de reojo el pilón de casas y bolsas de delivery con restos de comida sobre la mesa.

Sonó varias veces el teléfono y no lo atendí. Hace días que ignoro las llamadas de mi familia. No tengo fuerzas para hablar, no quiero que me atosiguen con su cariño, pero muero por el afecto.

Descubrí, en esta posición, que si me tiro el pelo sobre la cara, llega a mis labios. Y recordé que cuando era chico, en la pileta jugábamos a meter la cabeza debajo del agua y tirarnos el pelo para atrás, para hacernos “peinados antiguos” y mis rulitos, por fin, se achataban y me parecía un poco más a los demás.

Me pregunto cuánto tiempo puedo seguir dejando que crezca, que se acumule la tierra, que se apile la basura, hasta meter la cabeza debajo del agua y no saber cómo salir.

 

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