Bate-papo

Lo único que puedo escuchar, mientras seguís ahogándome en ese intento de poder sentir aunque sea algo de placer, es cómo mascás el chicle con la boca abierta.
También se filtran algunas frases en ese idioma del que siempre desconfié, tan cercano a Nosotros como ajeno lo siento yo.
Las transparencias del lenguaje no funcionan conmigo, sólo evocan en mí antiguas palabras prohibidas, con sus ceremonias secretas y sus pactos con deidades a las que es mejor evitar.
Suenan obscenas y tienen un color percudido, sucio y gastado por un roce constante. Pretenden recordarme una complicidad que nunca existió y que me enferma de tan sólo imaginármela.

No estoy tan equivocado con el portugués, siempre me deja un mal sabor de boca.

 

Lo mejor está por llegar

Mi mecanismo de defensa por excelencia al crecer fue pensar que lo mejor estaba por llegar.

Incluso desde chico, cuando pensaba que eventualmente me iba a mudar a Estados Unidos, estudiar derecho y terminar dando clases, fantasía creada gracias a una crianza frente a la televisión, mirando series de David E. Kelly.

Las cosas nunca fueron particularmente difíciles o dolorosas para mí. Creo que tuve una infancia bastante privilegiada en ciertos aspectos, o al menos eso es lo que yo elijo recordar. Nunca me faltó nada, aunque los tiempos no fueron siempre los mejores. Jamás ejercieron violencia, al menos física, sobre mí. Mis padres no se amaban, pero al menos jamás hubo mayor conflicto en casa, que yo viera, que algún que otro grito o alguien durmiendo en un sillón.

Cuando uno es diferente, por la razón que sea, siempre está la posibilidad del estigma. Lo que lleva a encerrarse en uno mismo, evitando mayores contactos que los necesarios para eludir cualquier posibilidad de salir lastimado.

Las amistades siempre las conté con los dedos de las manos, y tuvieron que pasar muchísimos años para poder empezar a abrirme y frecuentar gente que al menos compartiera alguno de mis intereses. Pero esa sensación siempre se mantuvo. Algo me faltaba, no lo podía encontrar.

Descubrí el ciclo – eventualmente, me despojaría de todo lo obtenido y empezaría de nuevo, desde cero, solo como siempre. Luego el acopio, nuevamente. Despacio, con esfuerzo, cada vez mayor, para terminar tirando todo.

No importan el paso del tiempo, ni los logros cosechados o las experiencias vividas. La falta sigue ahí, presente, lista para relucir de tanto en tanto. Me toca el hombro y me recuerda que me estoy perdiendo de algo, eso que todos los demás están viviendo pero que a mí se me escapa.

Ardo en deseo de aquello que no puedo conseguir, de una suerte de cotidianidad a la que jamás pude acceder. ¿Existen esas amistades incondicionales que vemos en los programas de televisión? ¿Realmente la gente busca excusas para estar juntos todos los días, todo el tiempo? ¿De dónde sacan la fuerza, la energía? ¿Es posible que la gente que querés viva en un radio de diez cuadras?

Los estudios, cuáles no recuerdo, esos de las Universidades de afuera, que no tienen la escasez que nos sacude cada tantos años a nosotros y que se pueden dar el lujo de investigar estas cosas sin que el pueblo grite que faltan ingenieros o neurocientíficos, dicen que cuanto más grande sos, más difícil es la capacidad de entablar nuevas relaciones de amistad. Hablar de amigos después de la Universidad es imposible, una falacia. Porque todos sabemos que los compañeros de trabajo no son tus amigos, no deberían serlo.

Lo mejor siempre está por llegar. No puedo evitar sentir, además de esa carencia, que el tiempo se termina. Como con tantas cosas en mi vida, estoy haciendo el duelo anticipado de algo que todavía no se murió. Inevitablemente me repito, una y otra vez, la misma pregunta – ¿Y si todo esto es lo que hay?