Repetición

¿Cuántas veces se puede volver a empezar? Cada intento fallido no hace más que contribuir a la erosión de mi paciencia y de mis anhelos.

Cada iteración es más corta, porque uno aprende a valorar el tiempo, lo más irrecuperable de todo lo irrecuperable.

Aunque todavía la esperanza se niega a abandonar el campo de batalla, aferrándose de lo que puede, la apatía crece y amenaza con ocuparlo todo, con declararse la única ganadora posible y acabar con la performance de una vez por todas.

Quiero creer, pero cuesta. Y vaya que cuesta.

 

Trabas

La lectura me acompaña desde esa tarde que con tres años pude demostrarle a mi abuelo en la cocina de su casa que era verdad que estaba leyendo, que nadie me había hecho memorizar las palabras de ningún anuncio en el diario. La escritura, desde que mi mamá se sentó horas conmigo ayudándome a repetir los nombres que escribía en tarjetas de cartón, las que siguen enmarcadas y a la vista sobre un mueble del comedor.

Los libros fueron una de las tantas maneras que encontraron mis padres de estimularme, pese a no ser ellos, sin desmerecerlos, unos ávidos lectores. Es más, creo que no tengo recuerdo alguno de mi padre leyendo algo que no sea el diario de todos los días. Pero eso no impidió que compraran cientos y cientos de libros para mí, desde colecciones enteras de enciclopedias hasta los libros de Peter Mayle que ilustraban la concepción y la pubertad y que leí cuando ni siquiera cruzaban por mi cabeza semejantes inquietudes.

El leer me permitió desarrollar mi imaginación y poder empezar a inventarme historias, de todo tipo. Probablemente comenzaron siendo un pastiche de todo lo que iba recogiendo de mis libros y de los programas de televisión, pero eso no impidió que me graduara del jardín de infantes con un diplomita que certificaba, con la validez que otorgaba mi maestra de sala verde, que era el mejor contador de historias.

La escuela nunca fue un problema, menos cuando se trataba de escribir. Mis cuentos siempre superaron la longitud esperada; con el teatro tuve un poco más de dificultades y encontré la mayor diversión en los ensayos y la argumentación. Internet ayudó mucho, ya no puedo ni recordar en qué iteración de mi bitácora virtual estamos.

Pero cada vez me cuesta más escribir. No sé si es porque estoy cada día más ocupado y no encuentro fuerzas para hacerlo, o si el límite de 140 caracteres con el que nos movemos todo el día impide que pueda pensar en frases más largas, coherentes, hilvanadas.

Tengo muchos cuadernos empezados, lugares donde empiezo a narrar lo que me pasó, lo que siento, donde intento comprobar si en realidad no es que no tengo ningún tipo de talento, sino que es por la pluma por donde viene la mano. Todos quedan por la mitad, terminando siendo comodines en los que, a falta de otro espacio, termino tomando las notas de una reunión o anotando la información que alguien me pasa por teléfono.

Las palabras tienen cada vez más dificultad para salir de mi cabeza. Intento crear de una forma un poco más elaborada y termino con un nudo en la garganta, como si tuviera algo atorado y no lo pudiera vomitar.

Supongo que un psicólogo se haría un festín con lo que acabo de confesar, pero para eso, como para seguir practicando, o para encontrar un final para este texto, tampoco tengo tiempo.

 

Bate-papo

Lo único que puedo escuchar, mientras seguís ahogándome en ese intento de poder sentir aunque sea algo de placer, es cómo mascás el chicle con la boca abierta.
También se filtran algunas frases en ese idioma del que siempre desconfié, tan cercano a Nosotros como ajeno lo siento yo.
Las transparencias del lenguaje no funcionan conmigo, sólo evocan en mí antiguas palabras prohibidas, con sus ceremonias secretas y sus pactos con deidades a las que es mejor evitar.
Suenan obscenas y tienen un color percudido, sucio y gastado por un roce constante. Pretenden recordarme una complicidad que nunca existió y que me enferma de tan sólo imaginármela.

No estoy tan equivocado con el portugués, siempre me deja un mal sabor de boca.